jueves, 11 de marzo de 2010

La Hermandad de Viñeros




La Semana Santa se acerca. Son muchos los fieles que, imbuidos de religiosidad, participan en procesiones, forman parte de cofradías y acuden a los múltiples actos y rituales previos. Una Fe forjada en siglos de tradición, que aquí en Marbella son poco conocidos, pues resulta sorprendente que una celebración que se califica como una de las más importantes de Andalucía carezca de estudios históricos extensos; que no exista una monografía que investigue orígenes y evoluciones, salvo en aislados artículos como los de la revista Hosanna de la dinámica y emprendedora cofradía de la Pollinica. Historia de fragmentos y silencios.

Un pésimo panorama historiográfico para uno de los ejes de la sociedad marbellense tras la católica Conquista en 1485. La religiosidad forma parte trascendental del devenir cotidiano y del extraordinario, impregna todos los ámbitos sociales y alcanza todos los rincones, aún los más recónditos, del ánimo, de la vida y de las almas de los ciudadanos, sus labores y oficios. No puede conocerse bien la historia de una ciudad si no se profundiza en su vida religiosa. Por eso, con el objetivo de aportar un poco de luz al tema e incentivar estudios, ofrezco algunos datos menos conocidos de esta herencia.




Marbella fue tierra de viñas. Predominaba su cultivo en las colinas suavemente onduladas que descienden de Sierra Blanca. Simón de Rojas escribió en 1807 que eran humildes cerros de herriza y pizarra. Suelos de albariza, pasas de lejía y de sol, un vino que se exportaba a Europa y una ciudad volcada en su producción, de numerosas casas con lagares y bodegas, toneleros, vendimiadores, carreteros y tabernas. Un trasiego de pisadores y fiestas de septiembre, también de encomienda y fervor, puesto que el vino siempre ha sido bendecido y mitificado por sus poderes mágicos y sacros.

El 15 de agosto de 1695 los viñeros poseedores y herederos de la ciudad, un total de 35, otorgaron poder a Juan Diego Serrano y Acuña, vecino de Madrid para que se les concediera licencia y facultad para formar hermandad, junta de viñeros y para nombrar juez conservador, ministros y guardas, según consta en un documento del escribano Luis de Alcocer conservado en el Archivo Histórico Provincial de Málaga. Esta iniciativa perseguía los pasos de la hermandad civil del mismo nombre constituida en la capital malacitana en 1487 que de gremial pasó a constituirse en religiosa en 1643 con devoción a Jesús Nazareno, Jesús de Viñeros.



El 16 de enero de 1697 se celebró la junta inaugural de la hermandad y tras ella un gran vacío. Poco más sabemos de estos vinateros y paseros, salvo que en 1778 seguían defendiendo sus intereses de forma conjunta. Durante el Antiguo Régimen era imposible disociar la actividad gremial de la religiosa por lo cual, aunque no hay datos sobre la transformación en hermandad de pasión, sí debieron estar vinculados a alguna o mantuvieron presencia en los desfiles. Es aquí donde surge la imagen del Nazareno, que al igual que en Málaga, tiene larga tradición en nuestra ciudad. De hecho, se sabe que en 1610 la marbellense cofradía del Dulce Nombre de Jesús encargó la talla de un Jesús con la Cruz a cuestas al escultor Antonio Gómez, tan Nazareno como el que procesionaba la cofradía malagueña de los Elenos, antecesora de la hermandad de Viñeros de la capital.

Las coincidencias alimentan el argumento, el vino negro, de sangre de Cristo, predomina en la escena, el Dulce Nombre de Jesús da nombre a cofradías en toda España así como a empresas vitivinícolas. Vino dulce, cárdeno de túnicas. La decadencia y desaparición a finales del siglo XIX de la industria por la epidemia de filoxera trajo desusos y abandonos. El Nazareno, recuperado en 1902 por la Hermandad Sacramental dicen que por impulso de los mineros, pierde todos sus vínculos con los viñeros, nuevos sectores productivos y renovadas exaltaciones. Su casa hermandad, en la plaza del Santo Sepulcro, ocupa un inmueble restaurado que fue en el XVI propiedad de Alonso de Bazán adosado al Hospital “con todas sus bodegas e lagares e vasijas”.

Poderosas parras doradas se aferran a las columnas salomónicas del Altar Mayor de la Encarnación, como la memoria se revuelve ante el olvido.

5 comentarios:

  1. Que interesante. Siempre me han llamdo la atención las parras doradas del altar mayor. Aunque confieso que pensé que se debía al recarcamiento ornamental con que se exalta el vino como simil a la sangre de Cristo. Que cosas.

    No pertenezco a ninguna cofradia asi que se poco del tema

    ResponderEliminar
  2. Símbolo del vino de la Última Cena y símbolo de la sangre de Cristo, efectivamente.
    Mi cita es pura metáfora.

    ResponderEliminar
  3. Pues me quedo con la metáfora; ya que despues de todo representa todo un simbolo de aquellos que fueron, estuvieron y poco o nada dejaron de su paso en la memoria colectiva.

    ResponderEliminar
  4. hola me gustaria poder ponerme en contacto con la hermandad de viñeros alguien tiene algun telefono

    ResponderEliminar
  5. mi correo es miguelangelcampos@pelucaspacos.com
    gracias anticipadas (telefono de contacto con la cofradia por favor)

    ResponderEliminar