Retazos de historia de Marbella
publicados en el diario Marbella Express
y otras reflexiones

jueves, 26 de agosto de 2010

Un Pleito Homenaje



“Y el dicho alcaide, Francisco de Alarcón, habiendo visto la dicha Real Provisión que por mi el dicho escribano le fue leída de verbo ad verbum e la orden dada por el dicho señor marqués tomó en sus manos la dicha Provisión Real e la besó e puso sobre su cabeza e dijo que la obedecía y obedeció con la reverencia y acatamiento debido como carta e mandato de su rey y señor natural y que está presto de hacer e cumplir lo que por ella se manda”.

Sucede al sumergirse en documentos antiguos, de grafías difíciles y en lenguaje de la época, que uno se siente trasladado al ambiente y a la escena que se narra. Se imagina ese cuadro de costumbres y ceremoniales y entiende que la historia no sería tanta sin archivos que la guarden y notarios que la certifiquen. Fue el día 11 de septiembre de 1598, en la puerta del Castillo de Marbella, en presencia de Fernando Lobato de las Justas, alcaide de la villa de Teba, en representación de Juan Ramírez de Guzmán, marqués de Ardales y conde de Teba. Venía a tomar posesión de la fortaleza por merced de Felipe II y allí estaba el escribano público Alonso de Mora Navarro para dar fe del acto, dos días antes del fallecimiento del monarca.

“E poniéndolo en efecto, se salió de la dicha fortaleza e entregó las llaves a el dicho alcaide Fernando Lobato e le metió dentro e dijo que le daba y dio y entregó la dicha fortaleza y el dicho Fernando Lobato se paseó dentro e subió a la muralla y anduvo por el contorno de ella y entró en la torre que dicen del Homenaje e volvió a la puerta principal, guarnecida de hierro e la cerró sobre sí e la volvió a abrir, todo lo cual dijo que hacía e hizo en señal de la dicha posesión y así la tomó”.

Era una ceremonia convencional y muy arraigada en la tradición. Consistía en una serie de rituales, confirmación de la fe jurada, que dotaba a los actores de autoridad a la vez que mostraban su poder, investido por el juramento de servicio al rey y de acatamiento de las leyes vigentes: “… y en cumplimiento de ello, teniendo el dicho Fernando Lobato abiertas las manos e puestas entre ellas las manos del dicho Francisco de Alarcón dijo que hacía e hizo pleito homenaje como caballero hijodalgo una y dos y tres veces; una y dos y tres veces; una y dos y tres veces según el fuero de España de tener y mantener la dicha fortaleza”.

No obstante, la fortaleza comenzaba a mostrar signos de abandono, eran tiempos de crisis. Del inventario de su arsenal puede deducirse su debilidad: veintiséis arcabuces de cuerda antiguos, seis mosquetes de muralla, cuatro cañones viejos desencabalgados, doce ballestas de acero, cincuenta lanzas antiguas con sus hierros carcomidos, dos lombardas, cuarenta y dos pelotas de piedra pequeñas, tres libras de pólvora, doce ballestas de palo antiguas mal acondicionadas y “una campana en la torre del Homenaje con que se vela el dicho castillo”.

El problema no era nuevo. La documentación del siglo XVI muestra el deterioro progresivo de la fortaleza y la preocupación por mantenerla en buen estado de defensa. Incluso hubo denuncias de malversación contra su alcaide, desde 1536, Alonso de Bazán por parte del regidor Baltasar de Escalante: “… ha gastado y gasta muy mal los dichos maravedíes, que ha sido en mucha cantidad, porque dejando de hacer lo que es obligado en reparo de los muros los ha gastado en edificios superfluos y en hacer vergeles y albercas y ventanas, haciendo flaco lo fuerte”. Bazán se defendió contestando que siempre estaba presto al rebato y que su señor, Luis de Guzmán, siempre había atendido las necesidades de tropa cuando la ciudad estaba en peligro. A Luis de Guzmán lo sucedió Juan de Guzmán, a este Juan Ramírez de Guzmán, todos condes de Teba. La tenencia de la fortaleza de Marbella fue una cuestión dinástica porque así lo había querido el rey Carlos: “e contando la suficiencia y fidelidad de vos don Luis de Guzmán, acatando los muchos y buenos y continuos servicios que nos habéis hecho y los que esperamos que nos hicieseis, es nuestra merced e voluntad… que tengáis por nos y en nuestro nombre la tenencia de la fortaleza de la ciudad de Marbella”.

Todo lo relatado lo conocemos porque un escribano dejaba constancia no sólo de los actos jurídicos sino también de su aplicación. Lo que veía adquiría condición de veracidad: “E yo Alonso de Mora Navarro, escribano del Rey nuestro señor, público del número de esta ciudad de Marbella y su tierra por su majestad fui presente a lo que de mi se hace mención e lo hice escribir e recibí de derechos de este traslado ciento veinte maravedíes. Es testimonio de verdad”.

viernes, 20 de agosto de 2010

El primer equipo de Banús




Fue en el año 1961, José Banús Masdeu compraba una de las fincas más productivas y extensas de Marbella. Parte de ella era antigua colonia agrícola, que había menguado su productividad con los años y que se ofreció en el mercado para transformarse en la mayor urbanización de la Costa del Sol, con una de las más célebres marinas españolas, referente internacional, símbolo de la ciudad, de triunfante marchamo, que daba sentido y cobertura a los planes de desarrollo, a la primaria legislación turística y a la apertura de España al mundo.

Banús, calificado como el constructor de la España franquista, había hecho fortuna con algunas obras públicas importantes como los accesos al Valle de los Caídos, el puerto de Bermeo, estaciones de ferrocarril y promociones privadas como la colonia residencial Mirasierra y los barrios de la Concepción y El Pilar en Madrid, además de diversas promociones menores en el barrio de Simancas, Moratalaz, Villaamil y San José de Valderas todas en Madrid. Sus inicios como constructor se remontan a la posguerra con el suministro de grava a las obras públicas de Madrid. En la mayoría de sus empresas utilizaba como mano de obra, primero a presos de guerra y posteriormente presos políticos, reclutados por medio del Patronato de Redención de Penas. Estos reos solían residir en campamentos construidos a pie de obra. Considerado un adelantado para su época, fue el primer promotor-constructor español en realizar operaciones urbanísticas de gran escala desde el sector privado.

Para conseguirlo no dudó en rodearse de un equipo de colaboradores de prestigio. La amistad con el entorno del dictador, más allá de elucubraciones, se formalizaba con la entrada de José María Sanchiz Sancho apodado, de modo un tanto sarcástico, como el Tío Pepe o el mago del Pardo, en el Consejo de Administración de su principal sociedad Banús-Andalucía la Nueva, también llamada Banús Masdeu S.A. con un capital escriturado de 950 millones de pesetas. Casado con Enriqueta Bordiú, tía del marqués de Villaverde, supo hacerse un hueco en la familia como narraba Pilar Franco, que además de calificarlo como “el ser más tortuoso de la creación”, no dejaba títere con cabeza: “No tenía cargo oficial. Era un adulador, uno de los personajes odiados por todo el mundo, tenía una mala fama enorme. El Sanchiz ese, de mala fama, él siempre al lado del Caudillo, aconsejándole. Y mi cuñada con el Sanchiz. Adoraban al Sanchiz porque les resolvía todas las papeletas. La voz popular, y seguramente la historia, señalan a este hombre como el mago de las finanzas de la familia Franco. Naturalmente nunca fue persona de mi agrado. A mi me gusta la gente transparente”.


Francisco Franco Salgado-Araujo tenía similar opinión sobre el personaje. En sus conversaciones con el Caudillo narra una anécdota fechada en 1963 que trataba de un intento de Sanchiz por convencer a Franco para que comprara a Banús los terrenos que había adquirido en Marbella porque decía que ya estaba arrepentido de la compra, pero la opción fue rechazada. La contestación del Generalísimo, según su primo que hablaba de oídas, fue la de interrumpirlo secamente, “diciéndole que debía ocuparse de regar su jardín y procurar que las vacas no estuviesen tan delgadas”.

Junto a Sanchiz, Banús nombró a Antonio Correa Veglison director general de la sociedad promotora Puerto Banús S.A. Consejero nacional entre 1943 y 1970, ingeniero de profesión,
Gobernador Civil y Jefe Provincial del Movimiento en varias provincias, Director General de Economía y Técnica de la Construcción, Inspector General del Ministerio de la Vivienda, Comisario General de Urbanismo de Madrid, formaba parte del grupo denominado los cuarenta de Ayete, consejeros nacionales vitalicios que disfrutaban de un importante grado de confianza de Franco con el objetivo de defender los valores del Régimen. Personaje vinculado al turismo, en 1964 preside la ponencia sobre “Promoción y acondicionamiento de zonas turísticas” en la primera Asamblea Nacional de Turismo.

La sociedad Banús Andalucía la Nueva S.A. tenía como director gerente a José María Piñar Miura, alcalde de Sevilla entre 1947 y 1952 y consejero nacional en representación del municipio hispalense. Sin embargo, el círculo más cercano de Banús, el de confianza, estaba formado por el procurador sevillano Santiago Gutiérrez, además de sus sobrinos Isidro y José Banús Puig.

Durante 1961, el equipo había trabajado en el proyecto de la urbanización y en julio de 1962 presentaba por el registro de entrada municipal el “Plan de ordenación de la ciudad parque de turismo Andalucía la Nueva”. Los comienzos nunca son fáciles, reconstruir su historia tampoco. En otra ocasión hablaremos de ello.


viernes, 13 de agosto de 2010

La vía general pecuaria




Era camino para ganado. Su autopista hacia los pastos. La de Marbella enlazaba con Casares y en 1893 hubo que realizar deslinde pues gran parte de ella comenzaba a difuminarse entre cultivos y por la urbanización del sur de la ciudad en lo que se llama el barrio de La Marina. De la minuciosa descripción de hitos y tierras se dibuja un panorama para imaginar y reconocer. No fue tarea fácil pues las reclamaciones abundaron. Los rebaños incomodaban.

El ayuntamiento creó una comisión al efecto, formada por los señores regidores Juan Urbano Duarte y Cristóbal Fernández Urbano con los “ancianos conocedores de los terrenos” José Domínguez Pérez, Joaquín Moreno Espejo y Sebastián Zumaquero Ballesteros, los concejales José Cano Vázquez y Francisco Pitalua Navarro.

Acompáñenme en este paseo de 27 kilómetros, como si recorrieran la carretera nacional de este a oeste, comparen paisajes, valoren daños ambientales y los beneficios de la prosperidad. Reflexionen sobre la posibilidad de que nuestro desarrollo turístico se pudo ejecutar mejor y si existe remedio a tanto despropósito urbanístico. Todo a colación del informe de Greenpeace “Destrucción a Toda Costa” que revela –nada nuevo- que el 60% del litoral andaluz está urbanizado. Con todas sus consecuencias.



Iniciaron el reconocimiento junto a la antigua muralla de Casafuerte, límite con Mijas, hasta llegar al arroyo del Coronel. El sitio estaba cubierto de rastrojos de cereales. Pasaron junto a Torre Ladrones, actual Puerto de Cabopino, y cruzaron el arroyo de San Francisco. Siguiendo hacia poniente alcanzaron el torreón de las Cañas y arroyo del Lance de las Cañas donde estaba la Suerte de la Noria, linde por el norte con el cortijo de Castillo, propiedad de los herederos de Correa. A las siete de la tarde del 9 de julio de 1893 la comisión dio por terminada la jornada.

Al día siguiente partieron desde la casa choza de la Rubiales (Ramona Rubiales Lorente) hasta subir a la loma llamada Larga y después caer al Hoyo del Muerto. Al llegar al arroyo de la Víbora (donde la estación depuradora) describieron la abundancia de higueras. Desde aquí hasta el arroyo Real de Zaragoza detallaron la existencia de viñas. En dirección noroeste, en subida, alcanzaron la loma del Espartal y tras ella el arroyo Sequillo, donde señalaron como hito la esquina del ventorrillo de Postigo y colindante el ventorrillo de Gallardo, hoy núcleo de Las Chapas. En el arroyo del Alicate descubrieron que las once fanegas roturadas tapaban la vía. El cortijo del Alicate era propio de Francisco Claros Postigo y llegaba hasta la cañada de Siete Revueltas, todo poblado de viñas.

Al llegar a Río Real comenzaron los problemas. Debido a lo “sumamente accidentado y escabroso” del terreno hasta la ciudad “hasta el punto de dificultar todo paso de ganado” y a la presencia de la vía férrea industrial, decidieron elevar consulta al gobernador civil de la provincia por medio de telegrama; éste les contestó urgiéndoles a continuar con su labor pese a las dificultades. Así es, que a regañadientes, a las seis de la mañana del 12 de julio, la comisión formó comité en el sitio de Río Real.

Desde la Hacienda de los Monteros, entraron en las tierras de la cerquilla de María Luisa Gallardo Piña, tomando como punto de partida la caseta de carabineros y la suerte de la Torre, que es la de Río Real. Desde allí llegaron al cortijo del Pino, propio de Eugenio Aragonés Gallardo, que lindaba con la cañada del Pozuelo con cinco fanegas de tierras roturadas y parte de viñas. Junto a la carretera estaba la casa venta “conocida por la del Pozuelo”, seguidamente la haza de la Pavona, el camino del Algarrobo y la hacienda denominada La Constancia que se extendía hasta arroyo Primero.



Se acercaban a Marbella: “Sigue pasado el arroyo un trecho de barronal que utilizan como ejido los labradores del pago de las Albarizas, depositando estiércoles, hasta llegar al quebradero y camino de la Bajadilla que toma la dirección al sur por el barronal y arenas de la playa a pasar a la esquina del barranco de la huerta de San Ramón… De aquí tomando por junto la Cruz del Mentidero, atraviesa por las vertientes del Llano de San Ramón a bajar al arroyo de las Tenerías, cogiendo unos cinco metros a las tierras de la sociedad inglesa y siguiendo hacia arriba linda al norte con el huerto de D.ª Adelina Chicote hasta la cruz ya expresada que se halla enclavada en los terrenos del Castillo de San Luis… A poniente se fijó como punto el extremo sur del Faro atravesando por La Marina y cruzando por debajo del Muelle de Hierro y entre la misma Acera de la Marina y el corral o cercado de los señores Heredia…”.

El ganado precisaba una cañada de escasa pendiente, abundantes abrevaderos y un recorrido lo más recto posible. La franja litoral del término municipal era la idónea y la comisión municipal creada al objeto de fijar el recorrido continuó en dirección Estepona.

Junto al faro estaba la huerta de los herederos de D.ª Trinidad Ruiz, siguieron por una hilera de nogales hasta arribar a las tierras de los herederos de Tomás Domínguez Artola, hoy Molino de Viento, entonces cubierto de viñas. La huerta de Guadapín [sic] llegaba hasta donde estaba y está el Andén de la Noria que hay en la huerta de Dolores Mazoti, junto al Hotel Don Pepe, lugar donde Francisco Claros Postigo plantaba sus viñas. Desde aquí pasaron a la Hacienda de Caballero de Joaquín Chinchilla. Se fijó hito en un palmeral que había pasado la plantación de viñas y anexa a la huerta de Hazmerrerir.

De nuevo el 13 de julio de 1893, a las seis de la mañana, entraron en el cortijo de Quiñones, hasta bajar al arroyo de las Piedras. Desde la hacienda de La Cerquilla de Juan García Cuevas, continuaron por la hacienda de Josefa Ruiz Martín. En el palmeral a la derecha del arroyo de Nagüeles fijaron nuevo hito. En seguida entraron en las tierras llanas del Ancón de los herederos de José Otal Álvarez, cruzaron por el puente del arroyo de la Cruz, alcanzaron la cañada del Aljibe, todo propiedad de Joaquín Chinchilla, hasta bajar a Río Verde.

Atravesaron el vivero que el cuerpo de obras públicas del Estado tenía plantado (Centro Forestal Sueco), el río por el álveo y la cerca de los Granados en dirección suroeste donde encontraron “un chumbal sobre una lomita de arena quedando al sur dos casas de la misma hacienda que hay en el barronal continuando a poniente hasta su final de un bardo de pitas”. La comisión entraba en los terrenos de Puerto Banús: “Acto continuo, se pasó a la hacienda de Amador Belón Pellizo”, el punto de referencia se tomó al norte de la torre vigía del Duque y arroyo de Benabolá.



La delimitación seguía en línea recta tomando como referencia la chimenea de la fábrica de azúcar de la colonia de San Pedro Alcántara, cruzaba el sitio de Cañada Verde “donde están las propiedades de la Colonia” y pasaba al norte de la viña que se cultivaba en los Llanos de La Pepina. Prosiguieron “faldeando los palmares del barronal de la playa hasta llegar a un taraje que hay en la margen izquierda del río “Guadarías” (Guadaiza).

El 14 de julio finalizaba el trabajo. Iniciaron el camino en un cañaveral con dos fanegas de abrevaderos y descansaderos, cerca de la cañada del Negro, donde comenzaba un carril recto hasta la boca del arroyo del Chopo, límite de la urbanización Guadalmina, a cuarenta y dos pasos encontraron unas “bocaminas” de las Bóvedas y a poniente la cañada de Las Conejeras. En la boca del Guadalmina finalizaron su trabajo.

El representante de la Colonia, Amadeo Datchy, protestó por el método seguido para el deslinde, relató los perjuicios y la falta de criterio para elegir el trazado. Alegaba que compraron los terrenos sin servidumbres. Ante el cariz del asunto, el presidente de la comisión preguntó a los ancianos conocedores si el deslinde o vía que llevaban varios días señalando era el de la colada o cañada antigua. La contestación fue sincera: “que por la antigüedad de la misma desconocen en absoluto los puntos por donde pasaba dicha colada real, toda vez que por el tiempo transcurrido se ha perdido por completo la noticia y memoria de la misma”. El presidente de la comisión dio por finalizado el deslinde.

Los ancianos eran conocedores sin memoria. Expertos sin documentación. Se les exigió que aplicaran sus conocimientos en algo que solo intuían pero acertaron. La sabiduría es, en ocasiones, el resultado de la sensatez y de un sentido común innato. Sólo bastaba seguir el paso del ganado o, al menos, imaginarlo. Con los años perdimos los sembrados, las viñas, el ganado y lo sustituimos por urbanizaciones, carreteras y miles de vehículos a motor. Del silencio al estruendo, de la exuberancia del paisaje al exceso inmobiliario, de un límpido horizonte a un sufrido y contaminado entorno en el que los servicios de limpieza y recogida de basuras siempre andan desbordados, los ríos y arroyos transmutaron en cloacas y los abrevaderos en estaciones de servicio. ¿La naturaleza? Lejos. ¿El sentido común? Arrinconado.

viernes, 6 de agosto de 2010

Girón y Los Monteros




El interés por Marbella como destino turístico crecía considerablemente desde mediados de los años cincuenta. El Estado había elegido la ciudad como lugar de interés preferente para su desarrollo económico. Comenzó un proceso de compra y urbanización de los mejores terrenos al sur de la carretera nacional 340. Numerosos cargos públicos optaron por construirse su residencia veraniega; aristócratas y empresarios aprovechaban las facilidades de urbanización que ofrecía un término municipal prácticamente virgen.

En este ambiente, la urbanización Los Monteros fue el objetivo del escalafón superior de la jerarquía franquista; reservado para la élite, para la familia del Generalísimo y su círculo más cercano y detrás de ella estaba José Antonio Girón de Velasco, importante personaje del régimen que acumuló cargos como el de Ministro de Trabajo durante 16 años, consejero del Reino, procurador en Cortes y destacado dirigente de la Falange.

Su relación con Marbella se había iniciado en los años cuarenta con varias medidas administrativas para mejorar las condiciones de vida, acompañadas de importantes inversiones. En 1941, el mismo año en que fue nombrado ministro, Luis Blanco Soler presentaba el proyecto fracasado de un edificio para colonia infantil. En 1945, como alternativa, el Ayuntamiento cedió a la Organización Juvenil de la Falange o Frente de Juventudes el Campamento Vigil de Quiñones. En 1949, la O.J.E. adquiría el antiguo convento de San Francisco, que se convirtió en albergue juvenil. Girón, en sus visitas se alojaba en la casa del antiguo Vivero Forestal del Estado, actual parque de la Constitución, en primera línea de playa. Su vínculo con Marbella tomaba forma por medio de la acción política de la Falange.

En 1948, la Junta Nacional del Paro, dependiente del Ministerio de Trabajo, concedió al municipio una subvención de 343.000 pesetas, cuando el presupuesto municipal del año anterior había sido de 700.000, en una ciudad que le mostraba su agradecimiento por tan generoso rasgo para “importantísimas obras de urbanización ya iniciadas”. Un año antes, durante la presencia del General Franco en Málaga, las crónicas resaltaron la fugaz visita que su esposa, Carmen Polo, había realizado a la zona de Las Chapas, en el entorno de Los Monteros, sin clarificar cuál era el objetivo del viaje. En 1953, las actas municipales relatan el viaje del alcalde Francisco Cantos a Madrid, que volvió con un compromiso por parte de Girón para invertir 350.000 pesetas en la avenida José Antonio, zona de ensanche de la ciudad, y en la construcción de un matadero.


Por aquellos años, fue nombrado hijo adoptivo de la ciudad: su altruismo -o el de su ministerio- parecía formidable. Había donado un millón de pesetas para la construcción del mercado municipal; medio millón para la creación de una industria artesanal de transformación del esparto gestionada por la iglesia local y otro medio para que se iniciaran las obras de su sede en el antiguo convento de la Trinidad. Millón y medio de pesetas fue la dádiva aportada para construir las Escuelas Parroquiales Profesionales María Auxiliadora en el Castillo. Su amistad con Monseñor Rodrigo Bocanegra y el alcalde Francisco Cantos Gallardo eran patentes, conformando el núcleo de poder local para el relanzamiento de la ciudad. Los benefactores Girón, Fernández Cuesta y el mediador Saturnino González Badía pusieron el nombre de Marbella en el mapa de El Pardo.

Tras su destitución como ministro en 1957, se trasladó a Fuengirola y comenzó a desarrollar diversos y misteriosos negocios inmobiliarios, en los que nunca apareció como titular. Diario 16, en su edición de 19 de abril de 1977, en un artículo titulado “Más acá de toda sospecha”, reveló una larga lista de propiedades en la Costa del Sol y varias sociedades inmobiliarias que adjudicaba a Girón pese a no aparecer como titular en ninguna (Boquetillo, Iberosur, Proimasa, Proifusa y Sohail). La polémica comenzó dos años antes con la publicación de un artículo de Miguel Ángel Aguilar en el número 32 de la revista Posible, “Urbaniza que algo queda”, que tuvo como consecuencia una querella de Girón por injurias y calumnias contra el periodista, siendo finalmente condenado y posteriormente amnistiado.

Su primera compra conocida, la de la finca Santa Amalia en Fuengirola, se efectuó en 1949 por Eva Woehler Lindquist, esposa de Juan Hoffman, por 15.000 pesetas; un año después fue comprada por la misma cantidad por María Josefa Larrucea Samaniego, esposa de Girón, un procedimiento que se repitió con otras propiedades.


La única adscripción conocida a José Antonio Girón al sector inmobiliario fue el ostentar, entre 1964 y 1970, la presidencia de la Cooperativa de Promotores de la Costa del Sol, entidad de la que había sido cofundador. Considerado uno de los personajes más ricos de la época, este dirigente falangista mantuvo su poder incluso en los estertores del régimen, cuando su nombre entró en la terna para sustituir a Carrero Blanco.

Sus vínculos con la urbanización Los Monteros fue relatada por Juan Carlos Reina: “Era vox populi que se trataba de un negocio del dueño del banco, Ignacio Coca, y de José Antonio Girón, pero tal afirmación nunca tuvo respaldo legal. No obstante es de público dominio que, durante su etapa de ministro de Trabajo, Girón hizo señalados favores al banquero”. Fernando Alcalá profundizó en el tema y constató la presencia de Girón en los inicios de la urbanización: “A comienzos de la década de los cincuenta Los Monteros pertenecía a Doña Aurora González, viuda de Gámez, residente en Fuengirola. Fue esta señora quien vendió al banquero don Ignacio Coca, aleccionado, según se cuenta, por su amigo y condiscípulo el ministro José Antonio Girón, ya establecido en aquella localidad y que como conocedor de la costa malagueña había adivinado las posibilidades urbanísticas de la finca. Fue Girón quien se ocupó de preparar la infraestructura de la futura urbanización (plantación de árboles y plantas, construcción de accesos, captación de agua…) actuando como si fuese dueño, por eso no dejó de sorprender su alejamiento de la empresa que, al parecer, ni fue deseado por él, ni cordial...”.

En 1959, la urbanización estaba preparada para su construcción. Por esas mismas fechas, se edificaba el Centro Cívico. Constaba de hotel, motel, club de lujo, piscina pública, tiendas y oficinas en diferentes cuerpos unidos por las zonas ajardinadas. Tres años después se presentaba un proyecto de ampliación por la empresa suiza que había adquirido el hotel, en el que se preveía la construcción de un edificio de nueva planta con un estilo que calificaba el arquitecto Manuel Sierra Nava como “que no se sabe de donde es”, quizá debido a las imposiciones de los nuevos dueños la cadena Ring Hotel, que desvirtuaba el lenguaje pretendido en la urbanización, pues frente a la sencillez original del establecimiento se planteaba un edificio bastante anodino, alejado del carácter y la personalidad planteada inicialmente en los programas de viviendas piloto y en el primer hotel. Existieron problemas en los pagos de la compra que finalizaron en pleito y con sentencia de reversión de la propiedad a la sociedad Los Monteros.

El hijo de Girón de Velasco, Carlos, en declaraciones al periódico Málaga Hoy, en noviembre de 2008, con motivo de la retirada de las distinciones otorgadas por la Diputación Provincial durante el franquismo, revela que su padre fue el impulsor de Los Monteros y que era el propietario de la finca: “Imagino que también propondrán tirar el hotel porque mi padre era el dueño del suelo”.

Nadie ha propuesto su demolición, por el contrario ha resistido un embate cruel y se apresta a su reapertura como ave fénix de las cenizas resultantes de ese juego canalla de las finanzas impersonales. Su historia ha sido difícil, acaso ninguna crisis tanto como la más reciente. A su director, mi buen amigo Salvador Ríos, le vuelven a brillar los ojos. Se ha enfundado el traje de faena. La ilusión es el mejor de los motores en el mundo laboral, la confianza el eje, el ánimo el combustible que hará rodar de nuevo ese pedazo de marbellense historia y ahí estarán los trabajadores para recordarnos que su resistencia no ha sido en vano.