Retazos de historia de Marbella
publicados en el diario Marbella Express
y otras reflexiones

viernes, 26 de noviembre de 2010

20.000 visitas en esta travesía del desierto




Es compañía y motivo, susurros anónimos de aliento, silencio frente a la pantalla, áridas noches de quedas recogidas, inquietud por el que dirán y convicción en el camino, una travesía del desierto dura de vericuetos, las visitas son bálsamo y parte, rodaduras para el deslizamiento sin fracturas. 

Mi vida es esta, quien quiera conocerme solo tiene que leerla. Tan ácido como sarcástico, para sensible hasta el llanto, de rebelde inoportuno. Orgulloso marbellense, con altanería en el tuétano prendada, de Marbella sin disecar, nada rancio, leve en el camuflaje, franco con la franqueza a cuestas, que pesa tanto como hiere.


Es también aniversario, doce meses, setenta entradas, Marbella Express es mi plataforma, sin condiciones, reparos ni retribuciones, solo facilidades. Sonrisas en la calle, "te leo en el periódico", el rubor aflora, creo que moriré avergonzado. "Gracias" musito. 


No lo esperaba, no existía plan preconcebido, desde la nada se amasan las palabras y hacia un abismo caen cuando se dirigen a la rotativa. El fondo no se ve, se presiente el batacazo, el riesgo es latente, el beneficio pródigo.


Gracias marbellenses, gracias a los que desde los Estados Unidos, Suecia o Gran Bretaña siguen con asiduidad las entradas.


Si alguna vez consiguiera salir de este desierto.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Demoliciones




Ha sido más difícil encontrar la fotografía que escribir este artículo. Estaba arrumbada en una de esas cajas sin fondo, donde se guardan objetos con la esperanza de que algún día sean útiles atributos de la memoria. El objetivo no es nada trascendental, ni siquiera bonito, muestra una horrenda estructura de hormigón, denota especulación y urbanismo salvaje, todo enmarcado en un marbellense horizonte de fondo marino, suaves lomas y virginales bellezas vegetales. Los colores delinean los volúmenes grises, el contraste acentúa el negro, las sombras dominan e inquietan.

Nos habíamos acostumbrado tanto a su presencia, que ya no parecía tan feo. Sucede cuando te cruzas reiteradamente por Ricardo Soriano con un condenado malayo que aparenta ser menos ladrón o cuando de tanto ver a un político en los medios puede parecer hasta bueno. Todo es ficción. Las imágenes condicionan nuestras vidas, marcan ritmos y crean opinión. Lo desagradable de tanto repetido acostumbra la vista, moldea el gusto y matiza la repulsión hasta dulcificarla.




Fueron años brutales los del inicio de la década de los setenta, la Costa del Sol había entrado en la fase de los operadores turísticos internacionales, multinacionales que no entendían más que de anónimas construcciones, rentables inversiones y millones de turistas charter. Marbella era campo de batalla de una guerra por la apropiación del espacio para la explotación de sus recursos naturales y de la mano de obra barata. El ayuntamiento de Marbella comenzó a hacer aguas ante tamaña avalancha constructiva. Fueron años de expedientes, presiones, planes comarcales, generales, parciales, disquisiciones sobre el modelo, defensores y detractores pero ningún edificio se demolió, apenas hubo denegaciones o paralizaciones. En la contienda legal se utilizaron muchas armas cargadas con munición de voluntades poco incisivas y eficaces. Las órdenes judiciales de demolición se desatendían al llegar a las comisiones provinciales que aplicaban la existencia de interés público, que aconsejaba la conservación de los edificios, al amparo del artículo 228. 1 de la Ley del Suelo de 1956, lo que en la práctica suponía una carrera por habitar los inmuebles. Ayer como hoy.

El proyecto de la añeja estructura era tan legal como pudo ser el de la estratosférica Torre Real, muchísimo más lícito que la imponente clínica Incosol y menos dañino para el paisaje que los apartamentos Coronado, la torre Marbella del Este, el Don Pepe, Don Carlos, Don Miguel o el Skol, alguno, por cierto, reseñado ahora como ejemplo de buena arquitectura. El edificio, que proponía 500 habitaciones, recibió todos los parabienes municipales, provinciales y de los estatales organismos turísticos pues iba destinado a ser un hotel de cinco estrellas, pero ocurrió que llegó tarde, una traumática crisis internacional, llamada del petróleo, -como si la viviéramos ahora-, retrajo la inversión y quebró la confianza. La Costa del Sol tornaba en costa de los esqueletos, cadáveres que engrosaron la nómina del limbo de la especulación inacabada, un vacío a la espera de resurrección financiera, como esperaron los impactantes bloques de Sofico en la Haza del Mesón o el edificio Marina de la entrada al Puerto Pesquero. 



El esqueleto, paralizado desde mayo de 1975, pese a varios intentos de recuperación en el 78, en el 80 y en el 90, había caducado en sus pretensiones hoteleras y no se le permitió reconversión en apartamentos. No encajaba en el modelo actual, del que solo falta saber cual es. Igual hubiera quedado bien como museo, poco se han rentabilizado los 175 millones de pesetas invertidos, porque todas las grandes ciudades y mayores países dedican espacios museográficos a sus rasgos más significativos y en Marbella el turismo y por ende su urbanismo es el que más nos identifica en este medio siglo inmediato. De las diez plantas dedicaríamos alguna a los pioneros, a quienes creían en el discreto encanto de las vacaciones, a las humildes y andaluzas casitas de veraneo. Otra sección mostraría la internacionalización, los “typical Spanish”. Una más oscura por escabrosa sería un monográfico sobre las diversas formas de corrupción, con sus maletines amontonados, billetes esparcidos de 500 euros y colchones rasgados. En toda la sala atronaría un estremecedor "papel que muevo, papel que cobro". Otra sección estaría dedicada a la “Buena fe” y la malagueña virgen de la Buena Fe sirve, a ella se deben encomendar promotores y compradores, mientras un audiovisual demostraría que las leyes están para cumplirlas, pero que las compensaciones son norma superior a la sentencia de un juez.



En la última planta, una salita que solo se abriría bajo cita previa, pues no precisa más, incluiría el tema de las demoliciones, tres fotografías y un poco de polvo. Finalmente, ya en la puerta de servicio, colgaría un cartel con la imagen de un político que se erige en adalid de la restitución de la legalidad con el derribo de un inmueble que fue legal a la vez que se erige en adalid de la legalidad con la negativa a demoler nada que huela a ilegalidad manifiesta de los noventa, esté o no habitado. La buena fe, ya saben, y esas ganas irrefrenables de contentar a todos. Un galimatías tan incomprensible como la trayectoria de este urbanismo tan consumado en los hechos.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Quinta jornada en Los Monjes




Mañana gris, de esas que infunden tristezas, silencios y melancolías. La lluvia no ha querido importunarnos -es la segunda semana que espera hasta que terminemos- y hemos avanzado en el lateral oriental, el de los contrafuertes que se agarran profundos para no caer en el lecho del arroyo.


Está seco, ahora también limpio, y elucubramos sobre su belleza cuando el agua corra. Las zarzas nos han dejado como "ecce homos". Ha sido una lucha sin cuartel, con todas las armas dispuestas. Una sola se aparta, pero unidas son "enemigas" difíciles de batir, como suele ocurrir con Cilniana que para defender el patrimonio araña.


La visión del edificio ha mejorado tanto y el ruido mediático de nuestra campaña es tan sonoro que las visitas han crecido considerablemente. Mucha gente pasa, aunque sea solo para saludar. Saben de la actividad, nos conocen, envían mensajes de apoyo y nos reconforta.


En el descanso nos hemos reunido y ha surgido el tema de los orígenes, de los porqués y el cuando, algo difícil de dilucidar por su carácter popular y la escasez de fuentes escritas. Sabemos que a principios del XVI se instalaron en Marbella unos franciscanos de la familia de los Menores, observantes surgidos tras la General Reformación de 1517, defensores de la auténtica pobreza evangélica, como los describía en 1615 el cronista Juan de Santa María: “de hábitos cortos y estrechos y remendados de sacos… de andar descalzos el pie por tierra, en el guardar con grande extremo la pobreza y en procurar recogerse más, habitando de ordinario en lugares algo más apartados y solitarios”. 


¿Quién sabe si fueron ellos u otros, si estaba alguna orden religiosa detrás o fue resultado de la devoción popular? Estas ermitas son consideradas milagrosas, con propiedades curativas, "De los Remedios", se construían cercanas a una fuente (no hemos hallado ninguna y la más cercana, la de Calañas, está a más de un kilómetro de distancia). En ocasiones son hitos naturales (una gran peña por ejemplo) o algún hecho mítico sucedido en el lugar (una aparición). Nos quedan muchas incógnitas.



En este ambiente de alejamiento espiritual de los centros urbanos existen ermitas para vivir en soledad, despegados de los bienes mundanos, en la máxima pobreza, orando y haciendo penitencia, son los “desiertos” o “yermos santos”, espacios extremos, alejados del mundo civilizado, generalmente en lugares recónditos y agrestes, donde se desarrolla una vida espiritual tremendamente exigente.

Tan exigente como nuestra labor que avanza a buen ritmo. Terminamos agotados, también renovados en intenciones. Quedan pocas jornadas.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Los arquitectos de Banús




El 22 de abril de 1963 Banús presentó en el Ayuntamiento de Marbella un programa de actuaciones a desarrollar en cinco años. Paulatinamente, incorporó planes parciales que fueron aprobados sin apenas objeciones. Preveía la construcción de la urbanización en diferentes fases divididas en sectores, -supermanzanas-, tal como lo había planificado en el barrio del Pilar de Madrid. El objetivo era convertirlo en un gran centro turístico con todos los alicientes y servicios, una urbanización autosuficiente, paradigma de una nueva forma de vida basada en el ocio y, por tanto, alejada de los años de subsistencia y penurias que azotaron España en la posguerra. Una ciudad ideal, la mayor operación urbanística de la historia de Marbella, expresión del desarrollismo triunfante, escape de la autarquía, que nos sumergía directamente en Europa ya que mostraba la mejor imagen del Régimen.

Su denominación, Andalucía la Nueva, reflejaba la intención de convertirla a imagen y semejanza de un pueblo andaluz: zonas residenciales cerradas, una gran plaza común, iglesia, plaza de toros, zona de servicios, barrios obreros o poblados de servicios, una marina y zonas residenciales abiertas de viviendas unifamiliares. 




Banús en una entrevista en la revista Cuadernos para el Diálogo, fechada en 1977, declaraba sus nuevas pretensiones una vez desarrollado el proyecto inicial: “un pueblo donde el arte tenga un sitio, donde pasen temporadas maestros del arte, donde haya una especie de universidad, donde puedan desarrollar tranquilamente sus facultades… ya se están haciendo proyectos en torno a ese lugar en el que no podrán entrar coches, aunque habrá cerca sitios destinados a aparcamientos”. Se refería a los poblados autosuficientes planeados en la memoria del proyecto de ordenación: “Para completar el ambiente de vida agradable que pretendemos crear en nuestra Ciudad-Parque necesitamos reunir en composición cerrada unidades de habitación para en estas agrupaciones que van a ser verdaderos pueblos, conseguir unas condiciones de ambiente y de vida análogos a las de la región con su definido carácter andaluz-mediterráneo. En estos pueblos de calles estrechas y plazas tranquilas, donde la vida se ha de centrar en los patios y jardines de las casas, y en barriadas de estos poblados se situarán viviendas para empleados y servidores, así como los pequeños talleres de artesanía”. Urbanismo de sustitución y recreación, en los que los nativos pasaban a formar parte de un ejército de servicios. Una simbiosis de tradición y modernidad adobada de tópicos “humanísticos”. La propuesta surtió efecto y varios pueblos fueron construidos como fue el caso del ubicado en las Brisas del Golf, firmado por Antonio Miró y José Serrano Súñer, pero fueron proyectos donde el ambiente bohemio brillaba por su ausencia.

Para formalizar sus planes no escatimó en gastos ni en arquitectos, docenas de ellos, que participaron en distintos cometidos, ya fuera urbanístico, arquitectónico o paisajístico. El único nexo de unión entre ellos era el del andalucismo del conjunto, el del cumplimiento de una idea preestablecida que los profesionales aplicaban con ligeras variaciones. 





En 1962 habían comenzado las labores de explanación y de instalación de infraestructuras pese a que el plan general definitivo aún no se había aprobado. La planificación se había encomendado a Antonio Bonet Castellana, cuyos trabajos en la ordenación de la Manga del Mar Menor por esas fechas no debieron pasar desapercibidos para Banús. De hecho, la urbanización de la zona guardaba muchas similitudes con lo que se iba a construir en Marbella, así como en los aspectos legales al acogerse a la Ley de Centros Turísticos para poder acceder a los créditos estatales. Bonet, que había alcanzado fama en los años treinta del siglo XX como miembro del GATCPAC, por sus colaboraciones con José Luis Sert y por su formación en el taller de Le Corbusier en París, además de sus trabajos desde el exilio en Argentina y en especial con sus proyectos como urbanista en Punta Ballena en Uruguay y el plan Buenos Aires, había regresado a España a principios de los sesenta para iniciar un proyecto en Salou junto a Jordi Puig Torné.

Bonet elaboró la ordenación de Andalucía La Nueva que comprendía la red viaria, los servicios urbanísticos, estudio socioeconómico, plan de etapas y ordenanzas, pero no lo hizo solo, estuvo acompañado de un buen número de profesionales.





La asociación de Bonet con estos profesionales, salvo en el caso de Manuel Jaén, parece impuesta por la promotora pues no existe vínculo ni continuidad en la colaboración. Una suerte de cuotas profesionales, quien sabe si intereses políticos, influencias y favores, pues muchos de ellos ocupaban cargos en la administración pública.

Carlos Fernández de Castro había dedicado su quehacer profesional a la reconstrucción en la posguerra. En 1943 era el arquitecto jefe comarcal de Almería. El padre de Federico Turell Moragas, Federico Turell Boladeras, acumulaba cargos institucionales como la subsecretaria del Ministerio de Obras Públicas en 1949, presidente del Consejo de Obras Públicas en 1os cincuenta y presidente del Instituto Técnico de la Construcción y del Cemento además de participar en el proyecto del Barrio de la Concepción de Madrid desde 1948.  Manuel Jaén colaboraba con Antonio Bonet en su estudio en Madrid y desde finales de los cincuenta comenzó a trabajar en numerosos proyectos en Marbella junto a Carlos García San Miguel. Eduardo Torallas López era arquitecto municipal de Cuenca y de la obra sindical del hogar en la década de los cincuenta. Lorenzo Romero Requejo había formado parte de un equipo, junto a Turell y Fernández de Castro, para el diseño del Barrio de la Concepción. Tomás Rodríguez Rodríguez había colaborado con Torallas y otros en el Poblado de absorción Virgen de Begoña entre 1957 y 1959. Francisco Hurtado de Saracho era miembro de la Real Academia de San Fernando, primer teniente de alcalde del ayuntamiento de Bilbao y trabajó para Iberduero y Banco de Bilbao, una de las principales entidades en la financiación de Banús, que a través de la inmobiliaria Bilbao impulsó la construcción de la finca Aloha bajo dirección de Luis Angoloti Apolinario Fernández de Sousa.

De los datos obtenidos en el Archivo Histórico del Colegio Oficial de Arquitectos de Cataluña, siete proyectos entre 1962 y 1965 fueron realizados en conjunto y tres de ellos, entre los cuales está el proyecto de ordenación, fechado en 1965, en solitario por Bonet. Al objeto de tener suficiente y accesible mano de obra para acometer los trabajos diseñaron el poblado Guadaiza de servicios. A su vez presentaban en 1964 el proyecto de construcción de 61 “casitas andaluzas” de las 243 planteadas. El parque del turismo comenzaba su andadura, al mismo tiempo que Bonet desaparecía de las memorias, un distanciamiento del que desconocemos sus causas, más podemos atisbar el alejamiento por parte de la promotora del modelo inicial.





El sentido de la urbanización iba dirigido a fusionar el interior con el mar mediante un eje central de comunicación que uniría el área residencial con el puerto, cruzado perpendicularmente por la carretera nacional. El desarrollo de las viviendas se planificó en composiciones cerradas con el objeto de asimilarlos a los pueblos andaluces, además de zonas abiertas unidas por amplias avenidas, propias de las ciudades jardín, destacando dos principales el eje norte sur y una carretera de ronda. Toda la actuación estaría pensada para no descomponer el paisaje.

Por aquellos años, se inició la construcción de un edificio para tiro pichón, el club de playa y centro de atracciones, firmados por Martín Abbad Bordiú; el frontón Jai-Alai, por Secundino Zuazo Ugalde y Javier de Zuazo Bengoa, que estaba situado junto a la plaza de toros diseñada por Luis María Gana, que por esas mismas fechas había realizado el diseño de la plaza de toros de Bilbao. En 1965, Luis Gutiérrez Soto rubricaba el club de golf, precedente del actual Hotel del Golf.

El proyecto de ordenación no llegó a ser ejecutado en su totalidad por Bonet entrando en escena otros profesionales. Así sucedió con el corazón de la ciudad, la plaza del Pueblo Andaluz, siendo encomendados para ello los prolíficos arquitectos sevillanos Antonio Delgado Roig, formado en el estudio de Juan Talavera, y Alberto Balbontín de Orta, que fue primer director de la Escuela de Sevilla. La plaza del pueblo, en su versión reformada, se presentaba en 1969. Un monumental espacio neobarroco, abierto hacia el sur, que contenía sendos edificios para uso hotelero. Lo sucedido es narrado por el propio Delgado Roig en amable misiva fechada en 1994: “Una vez avanzadas las obras, apareció por Marbella una compañía formada por alemanes que la adquirió de Banús y quedó paralizada pues los nuevos dueños tenían la idea de convertir aquello en hotel”. La gran plaza del Pueblo Andaluz, sin su ayuntamiento e iglesia, trocó en hotel, el Andalucía Plaza.




En 1970 había finalizado la construcción del puerto, una marina con 550 atraques y una inversión de 915 millones de pesetas. Dos años después el afamado arquitecto italiano Paolo Portoghesi presentaba con la firma de Antonio Delgado Roig el proyecto de piscina cubierta al sur de la carretera nacional. En 1973 comenzaron los trabajos de la iglesia. Los principios básicos del ideario de Banús quedaban conformados en una presentación tan diversa como los arquitectos que participaron. En la práctica, aunque desvirtuado por tantas modificaciones posteriores, se mantuvo el diseño inicial de Bonet. Se atisbaba un horizonte abierto a la entrada de capital extranjero.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Cuarta jornada en Los Monjes




Seguimos y lo hacemos convencidos de los beneficios sociales y culturales de nuestra labor, de la necesidad de actuar sobre el patrimonio para su defensa y difusión, principios fundacionales de Cilniana. Seguimos y lo hacemos cumpliendo con todos los requisitos legales, que son muchos. El paraje de la fotografía de arriba, el de Los Monjes lo merece. Impresiona.


Nos hemos acercado a la quincena, un buen equipo técnico y humano, especialistas en todos los ámbitos y personas comprometidas. El trabajo de desbroce es duro, el monte, tan abandonado, en muchos lugares ha dejado de ser bosque y asemeja más a una selva. La zona de bancales, corrales y la era han merecido atención.



Hoy hemos podido contemplar desde el sur, diáfano, el acceso principal, pura roca desgastada por el paso. Rememoro la majestuosidad de las perspectivas barrocas. La ermita está en un lugar recóndito, apartado, pero se construyó para que se viera bien desde el sendero según te acercas. Santidad, espiritualidad y regocijo, también sumisión y poder. Imágenes de persuasión.


El ruido de estos parapentes con motor ha llamado nuestra atención. El silencio es tanto que hasta el cielo se escucha. Sierra Blanca es lugar de concentración de actividades. Recuerdo hace tiempo a unos extranjeros despistados que pedían indicaciones para llegar a Ronda desde Los Monjes. Todo es posible.



Varias excursiones han parado mientras trabajábamos. Creo que les llama la atención nuestra presencia. Choca que en medio de la nada haya gente equipada de podadoras y machetes. Pensarán que estamos locos y tienen razón, poseemos un punto de demencia en forma de pasión por la conservación del pasado y el único tratamiento es sentirnos recompensados por lo que hacemos. El edificio es el primero que lo agradece.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Viejos caminos




Sus huellas son marcas de la historia, del pasado pisado, los restos de su trazado el testimonio. Eran vías para la supervivencia, el comercio y las relaciones. Los viejos caminos, desbrozados por el paso cotidiano, dibujados como líneas acomodadas para el ahorro en el esfuerzo, de vericuetos y cañadas. Ahora los que quedan son senderos, vías verdes para excursionistas, patrimonio cada vez menos material por la voraz naturaleza que los engulle sin compasión.

Una descripción antigua, sin fechar, resaltaba la dificultad de cruzar los principales accesos a la Tierra de Marbella desde el interior. Los encargados de su vigilancia se quejaban: “Y es todas estas quynze leguas de unas montañas muy altas y ramblas y cuevas y muchos escondrijos y donde ay mucha tierra es órfana y en todas estas quynze leguas no hay caminos donde puedan entrar de la costa de la mar a la tierra adentro syno el camyno que viene desde Marbella a Monda que ay tres leguas de puerto que no puede venir syno uno ante otro. Y el camino de Marbella que va a Ronda que es muy apartado que no puede venir sino uno ante otro”. Decían que en estas vías no podían montar a caballo: “No se puede guardar estas quynze leguas de tierras syno con gente del campo de pie, porque no se puede hollar a cavallo”.




Este aislamiento fue factor determinante del paisaje humano. El llano, la línea de costa, ofrecía ventajas de habitabilidad pero también peligros. Venían desde el mar, lo que obligaba a levantar fortalezas, un formidable sistema de defensa y recursos humanos. Escribía Caro Baroja que los marbellenses vivíamos de espaldas al mar, pero no es cierto, siempre vivimos de espaldas al interior, periféricos de la periferia, alejados de los centros, comunicados por mar, siempre a expensas de sus alteraciones, pendientes de un horizonte oteado con recelo desde sólidas y altas torres miradores, que en el Casco Antiguo resisten sin vistas, ciegas por decreto.

Desde Marbella partían, bifurcaban y ascendían pequeñas veredas y mayores caminos. Los principales, el de Málaga que era tan malo que José Ortega Munilla se encomendaba al cielo cuando partía su diligencia. El de Estepona era estacional, en inviernos lluviosos infranqueable. Las crónicas cuentan ahogados al cruzar los ríos, aislamientos, desprendimientos. El de Ronda precisaba paciencia y valentía no solo por los salteadores sino por los lobos que abundaban en las sierras. Por la parte de Ojén las dificultades eran similares, con acceso a un buen número de pueblos y ciudades, alternativa al costero cuando la cosa se ponía fea para llegar a Málaga. 




Con los años, asfaltados y recalificados a carreteras, son accesos rápidos, no huelen a campo ni son silenciosos. Muchos fueron engullidos por el desarrollo, otros se olvidaron para siempre. Algunos son curiosos ejemplos. He aquí una pequeña muestra: el camino de Alhaurín partía desde Las Chapas hacia el norte junto al Real de Zaragoza. El de la Mina de Las Chapas es hoy carretera de acceso a la urbanización La Mairena y anexos. La cañada del Cagón comunicaba Las Chapas con Río Real junto al regajo del Cagón. El de los Pescadores también era conocido como Montenegral. La enigmática Alameda Alta estaba en el entorno de Río Real. Al carril del Relojero no se le conoce la hora ni su origen. Del camino del Atajo solo sabemos que acortaba distancias. El del Peñón del Abad se unía a la carretera de Ojén en El Peñoncillo. El del Martinete partía desde la finca La Concepción para enlazarse a la carretera de Istán. Los de la Fábrica podían dirigirse a la de arriba (La Concepción) o a la de abajo (El Ángel) y finalizaban en los cementerios junto a Río Verde. El de Cortes partía desde San Pedro y cruzaba Guadalmina en dirección oeste. La Vía del Alcornocal era la 340 del siglo XV y el Bujedillo de la Pasada de Istán lindaba con Guadalpín.




Si estos caminos eran arterias las veredas son venas menores en entidad, imprescindibles pasillos de monte y montaña. Marbella, como un corazón, precisa de todas para no perder la sensibilidad hacia el medio ambiente. Mujeres en las Veredas son cirujanos del ecosistema, que desbrozan caminos como el catéter desatasca venas. Gente curtida y normal, que tiene mérito en los tiempos que corren, que conoce Sierra Blanca al dedillo y la abren para solaz y disfrute de todos los ciudadanos. Dolores, alma mater del asunto, una fuerza de la naturaleza, me dijo un día que no quería homenajes si algún día le llegaban, que no le gustaban ni los merecía. No hay impostura ni falsa modestia, así que simplemente le doy las gracias.



sábado, 6 de noviembre de 2010

Tercera jornada en Los Monjes






Es un lugar especial. Tiene matices y sorpresas, mágicos rincones y enigmáticos aspectos. Nos convencemos de que estamos ante un reto de grandes proporciones. La acción no solo se reduce al edificio sino también a un entorno escondido, lugares de actividad humana que animan al debate y la reflexión. Cuanto más avanzamos descubrimos detalles que relatan un modo de vida monacal, ordenado, autosuficiente.



Hoy hemos comenzado a limpiar el acceso principal, una pedregosa rampa que desata la imaginación sobre la posibilidad de haber hallado un trabajo de talla en lo que parecen grandes escalones. Son rocas desgastadas por el paso de personas, una humilde escala santa, subida de penitentes con la promesa a cuestas. Su espiritualidad impregna el ambiente.


A cien metros, dirección noreste ha aparecido, tras recorrer un sendero bien marcado, quizá el que llevaba a las huertas, los restos de un gran horno, acaso una calera. Indicios de actividad fabril. El conjunto ya es un complejo. Merecerá batidas minuciosas.


El arroyo, aún con poca agua, ofrece exuberancia. La imagen es vida ralentizada, pausas que la historia mantiene a la espera de ser desveladas. Sospechamos, velados, trabajos de aprovechamiento de su cauce, minas de agua, canalizaciones, pequeñas presas. Necesitamos espacio, paciencia.y horas.


Hasta las culebras dormitan sin inmutarse, como si el tiempo quisiera detenerse para no perder memoria. A cada paso desandamos hacia otras épocas, costumbres y labores.



Los planos de plantas y alzados han incitado la curiosidad y generado admiración por su calidad y bella factura. Dotan al conjunto de una entidad que no podíamos visualizar a través de las ruinas. Los 133 metros cuadrados, la perfección de las medidas, la proporción conseguida en la construcción, revelan una obra que no surgió de la espontaneidad y sí de un plan preconcebido, bajo la dirección de profesionales de la cantería.

Nos vamos satisfechos, enganchados a la incertidumbre y nos felicitamos por la suerte de compartir una gran empresa. Nuestro patrimonio histórico precisa de muchas Cilnianas.

jueves, 4 de noviembre de 2010

El Cristo de los Molinos



Corría el mes de junio de 1485. Cuenta Fernando del Pulgar que Fernando el Católico, que paraba en Antequera con sus tropas “mandó a la gente hiziesen talegas por quinze días e quel artillería quedase con gran guarda de gentes de cauallo e peones en los prados de Antequera; y él con toda la hueste fue a la çibdat de Marbella”. Venía a conquistar nuestra ciudad tras semanas de epistolares negociaciones que acabaron con la resistencia de sus habitantes y con la paciencia del monarca. Les permitió éxodo al norte de África con todos sus bienes y ganados.

Sentó sus reales unos días en Marbella, no sabemos cuantos, Del Pulgar dice que hasta que concluyeron “las cosas que fueron neçesarias para la provisión de Marbella”, suficiente para que la memoria de su presencia se aferrara a la tierra en forma de topónimo. Este real sitio, Sitio del Real en 1534, quedó impregnado de nobleza, sus aguas se llamaron desde entonces río Real, el pago del Pozuelo fue nombrado Cañada del Rey y su defensiva almenara torre Real.

A media legua de la ciudad en dirección este, la zona fue urbanizada en los sesenta del siglo XX. Suaves lomas, -las Lomas del Pozuelo-, de viñas, higueras, olivos y huertas. Abundante agua no solo de río Real sino de una sucesión de arroyos, Primero, Segundo, entonces conocidos como de Escalante, del Comendador, de Diego Díaz. Lugar seguro para la acampada, con buena visibilidad. Desde el cerro del capitán Granizo se dominaba la ciudad, la costa y El Estrecho.


Las tropas de su católica majestad embocaron desde el norte, cruzando los Molineros, por el camino más accesible, el de los Pescadores. A su paso solo encontraron alquerías abandonadas, yermos paisajes. Pasaron junto a una fuente con extrañas propiedades y reacciones químicas –Fuente Santa- a una legua de distancia de la ciudad y 500 pasos del último molino de río Real. Ese revestimiento de santidad alcanzó a un árbol antiguo, el Alcornoque Santo del que solo queda el nombre y el campamento fue bendecido en el nombre de Cristo, el Cristo de los Molinos. Muchos pudieron admirar por primera vez el espectáculo de la mar de Marbella, “Heme aquí frente a ti, mar, todavía... Con el polvo de la tierra en mis hombros, impregnado todavía del efímero deseo apagado del hombre”, que diría Vicente Aleixandre.  La reina Isabel supo de la toma porque Juan Navarro, repostero de capilla del Rey, le llevó la noticia a Córdoba. 12.000 maravedíes fue la recompensa.

Hasta hace pocos años, antes de la extensión urbanizadora de los noventa, permanecía en pie una casa de labor abandonada, con una hornacina vacía que daba al camino. Dicen que la imagen de Cristo la encontraron cerca semienterrada. Es un crucificado, de rasgos muy medievales, pequeño en tamaño, talla simple y de extraño granito para estas tierras. La leyenda está viva, tanto que tiene visos de veracidad ¿quién es capaz de desmentirlo?



Rendida, bendecida y purificada Marbella con muy medievales parafernalias, pompa y boato, el ejército del Rey dirigió sus pasos por la costa hacia Fuengirola: “e andando con la hueste por la costa de la mar, poniendo sus reales, llegó a un lugar que se llama la Fuengirola”. De nuevo el real, en este caso el Real de Zaragoza, en el límite con el actual término municipal de Mijas, que no se llamó así por la procedencia de las tropas, ni en homenaje a la capital aragonesa, simplemente porque el lugar de descanso se llamaba Çaragud, como se describe en documento antiguo conservado en el Archivo de la catedral de Málaga, para clarificar las lindes entre la Tierra de Marbella y la de Málaga: “otro mojón en Çaragud, que quiere decir en aljamia çerro derrocado o monte de piedras derribado”.

No fue travesía fácil: “E en estos días la gente de la hueste reçibía grand fatiga, así del cansançio grande por la continaçión de los caminos ásperos e trabajosos, como porque falleçieron los mantenimientos; e padeçieron tan grande hanbre, que no tenían los omes ni los cauallos otra cosa salvo palmitos e yervas”.

La imagen del Cristo está en buenas manos. No puede exhibirse en público, como tantos otros hallazgos en marbellenses manos privadas, porque Marbella es una de las pocas ciudades de España y probablemente de la Europa occidental con más de cien mil habitantes que no tiene museo de su historia y patrimonio. Mientras unos cuantos, pocos, perdemos hasta el aliento en difundir raíces y vínculos con el pasado, otros, muchos en muchos años y corporaciones, no tienen ni han tenido en su lista de futuras voluntades un contenedor museográfico con el nombre de Marbella.