lunes, 17 de febrero de 2020

LA ALCALDESA PERPETUA DE LA CIUDAD DE MARBELLA Y SU FORTALEZA


No hay duda que es título pomposo, de lustre y rimbombo pero, sobre todo, es sorprendente ya que es género femenino, algo extraño cuando se acude a nuestra historia cargada de testosterona, épica y batallas, muy de machos dominantes y de mujeres secundarias. Si es perpetua es que es para siempre por lo que quien lo ostentaba mantiene el cargo, así como sus antecesores y sucesores por lo que la ciudad y su castillo tendría aún un alcalde o alcaldesa perpetua salvo que se demuestre lo contrario.

Esta historia no es tan fácil ni sincera, tiene matices y no es exacta pero suena bien. Todo comienza con una referencia aislada en un documento en el que se cita a María del Carmen Luisa Felipa Benicia Dominga Joaquina Ana Antonia Librada Francisca Judas Tadea Cipriana Micaela Torcuata Clara Fernández de Córdoba Guzmán Castro y Portugal que acumulaba nombres y títulos a principios del siglo XVIII, además del de alcaldesa perpetua de la ciudad de Marbella y su fortaleza, el de condesa de Teba, marquesa de Ardales, mariscal de Castilla, señora de la villa de Campillos, de las Pueblas de Peñarrubia y Almargén y del Donadío de Turón.
Sus antecesores tampoco tenían muy claro el marbellense título, les sonaba de algo pero no parecían entenderlo del todo, así Catalina Portocarrero y Guzmán y de la Cerda se nombraba alcaidesa perpetua de la ciudad de Marbella, cuando los alcaides solo lo podían ser de los castillos, y Domingo Fernández de Córdoba Portocarrero de Guzmán y la Cerda Leiva Arteaga y Gamboa alcaide de Marbella a secas.



Eran descendientes de don Luis de Guzmán, conde de Teba, que en 1536 obtuvo por merced del rey Carlos I la tenencia de la fortaleza de Marbella: “…acatando los munchos y buenos y continos serviçios que nos abeys fecho y los que esperamos que nos hisyeses es nuestra merced e voluntad que agora e de aquí adelante quanto nuestra merced y voluntad fuere tengays por nos y en nuestro nombre la tenençia de la dicha fortaleza…” y que como es bien sabido nombró a Alonso de Bazán su teniente de alcaide.

Los condes de Teba eran por tanto alcaides de la fortaleza y salvo que compraran una regiduría perpetua tan al uso en el siglo XVII, algo bastante improbable, no ostentaban el cargo de alcalde de la ciudad ni era perpetuo. El tiempo desvirtúa hasta los títulos, vestía más ser alcalde o alcaldesa perpetua de la ciudad que el sucio y bélico cargo de alcaide de un castillo, máxime cuando durante el siglo XVIII perdió su función protectora por su urbanización interior y el adosamiento de viviendas a las murallas.

Marbella tuvo muchos regidores perpetuos, he contado por encima más de treinta, toda la oligarquía local pretendía un cargo de fácil acceso, con el que se mercadeaba y especulaba, se compraba al rey de turno lo que era un gran negocio para sus arcas. Tal título intemporal otorgaba alcurnia aunque fuera ficticia y pretenciosa, además de confrontar con el sentimiento trágico, tan barroco, de la muerte. La perpetuidad trasciende la transitoriedad pero sobre todo era un nivel más allá, el más alto, el imposible de superar. No había mayor honor que tener un título eterno.


Con el tiempo lo que antes se compraba fue convirtiéndose en honorario y perpetuo que es otro modo de conseguir influencias y publicidad. Del periodo de la dictadura de Franco consta con tal distinción el que fuera Director general de turismo Antonio José Rodríguez-Acosta y con mayor atrevimiento al que fuera presidente de los Estados Unidos, Dwight D. Eisenhower.

Con la democracia se dio un paso más allá con el nombramiento, por parte de los ayuntamientos, de santos y vírgenes como alcaldes y alcaldesas mayores y Nuestro San Bernabé añadió a su santidad el terrenal cargo de alcalde mayor perpetuo de Marbella. En las cofradías muchos hermanos mayores incorporaron la perpetuidad en sus títulos y han nombrado por doquier a los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado y del ejército como hermanos mayores honoríficos perpetuos, una moda que se extendió rápida por pueblos y ciudades y que aún se mantiene.


De la perpetuidad barroca a la perpetuidad neobarroca. La fama, la teatralidad, el artificio no sufren el paso del tiempo. Ahora prepondera la imagen sobre el texto, lo simbólico como relato y manifestación del pasteleo. No hay mayor honor que ser honorífico y si es a perpetuidad mejor.

Desconozco si María Macarena de Mitjans y Verea, actual condesa de Teba, mantiene el título de alcaidesa perpetua de la fortaleza de Marbella, creo que ha sido borrado de sus nóminas, me pierdo en esos vericuetos aristocráticos.

martes, 28 de enero de 2020

MIRADORES MUDÉJARES


Marbella es paisaje, evocación de alardes, sensaciones salitrosas y recuerdos de atardeceres memorables. Es mirada hacia el horizonte con la perspectiva tan cercana y a la vez distante de África, es la vista del Estrecho, la esbelta figura de la Concha y sus lomas que se suceden sin fin. Sin embargo, la ciudad, su alcazaba, fue erigida para dominar su entorno no para admirarlo: un férreo control militar de almenaras y murallas contra tantos enemigos que nos obligaron siempre a estar alerta; cruel destino el de tener la mejor ubicación sin poder disfrutar de su belleza conviviendo con el miedo.



Marbella fue ciudad de miradores que se alzaban esbeltos sobre un caserío denso y en ocasiones tortuoso. No hay certeza sobre su cronología, remiten al siglo XVI cristiano con impronta mudéjar, otros, de simple factura acaso corresponden a un periodo andalusí indeterminado. Están tan poco estudiados que cualquier apreciación corre el riesgo de errar. No suelen ser torres exentas aunque alguna hubo, forman parte del cuerpo principal del inmueble, algunos orientados hacia el mar, aunque casi todos con arquerías, los menos con ventanales que recuerdan a ajimeces abiertos a los cuatro puntos cardinales, algunos con techo plano pero casi todos con tejado de teja árabe a cuatro aguas.


No solo cumplían con la función de vigilancia, eran moderadores climáticos, oreaban las viviendas en verano, aprovechaban mejor el calor del sol en invierno y la luminosidad de su interior. Se accedía a ellos por la llamada cámara alta, la del descanso. También formaban parte de ese nuevo gusto por la contemplación, resultado de un arcaico deseo de descanso cercano al ocio y también, como no, muestra del poder de sus propietarios, el sello de presentación de riquezas y ostentaciones. Una competición por mostrar la mayor altura y el mejor remate. Miradores discretos e indiscretos, de prudentes miradas. Desde el altillo todo se ve mejor.



En la ciudad amurallada sobresalían tímidamente por encima de las defensas, como el que se aferra a un alfeizar para asomarse con el temor de ver una amenaza no deseada y es que fue una ciudad castigada y sufrida, desde vikingos a la armada británica pasando por piratas acechantes hasta invasores por tierra y mar.



De los primeros, los más antiguos y simples construidos intramuros, con la bella excepción del que se levanta en las casas de Alonso de Bazán, a los más altos y poderosos del Barrio Alto, los destacados por mi querida profesora María Dolores Aguilar como ejemplo de mudejarismo por los alfices que enmarcaban sus arcos. 



Algunos se perdieron pero tenemos aún, como un tesoro, buenos ejemplos. No es fácil apreciarlos a pie de calle, es conveniente buscar un ángulo preciso. Reclaman un inventario exhaustivo y un marco legislativo que los proteja de la desidia, el desinterés y la falta de respeto por nuestro pasado, renovadas amenazas del siglo XXI.



Si quieres verlos pasea por la calle del Peral y en la esquina con Mesoncillo levanta la cabeza, haz lo mismo por calle Aduar cuando llegues a la esquina de Rafina; dirígete al Santo Cristo y no te pierdas el de la casa Correa y si quieres ver el de la antigua Fonda acércate a calle Bermeja. Vuelve a la Puerta de Ronda, baja hasta el Hospital Bazán, después a la plaza de la Iglesia y termina en la plaza de los Naranjos. Descubre esa otra Marbella.



Ahora sufren otro tipo de amenaza y es por otro tipo de invasión: la de la especulación feroz, la de la reforma sin respeto a su memoria, la de la terciarización sin piedad, lo que conlleva destrozos irreparables. Ya no tienen vistas al mar, el peligro no viene de África, al enemigo no se le ve venir, está entre nosotros.



miércoles, 22 de enero de 2020

LOS ALMIZCATES DEL CASCO ANTIGUO


Almizcate entre calle Buitrago y San Lázaro

Trascribía un documento de principios del XVII cuando una palabra me hizo agudizar la vista. La releí varias veces y en principio entendí almizate pero no era el contexto para un techo de madera labrada. Varias líneas después volvía a aparecer y en esta ocasión no tuve dudas, era almizcate.
La recordaba vagamente pero no sabía exactamente a qué se refería, era la primera vez que, después de tantos años de investigación, supe de su existencia en Marbella. Se mencionaba en una descripción urbana, en un pleito de lindes y propiedades por lo que tuve que rebuscar en diccionarios antiguos y contemporáneos; Covarrubias en su Tesoro de 1611 no lo incluye, el actual DRAE tampoco. Mi curiosidad aumentaba a la par que el vacío de su existencia.



Por fin, en ese espacio infinito de internet, encontré la palabreja y su etimología en un portal chileno del habla hispana que explica que es palabra muy antigua, de origen árabe que se usa en Andalucía Occidental y que se define como un espacio generalmente estrecho que queda entre dos casas que están adosadas y que recorre todo el largo lateral entre ambas casas desde la calle de la fachada hasta la calle posterior. Abunda la explicación en los detalles técnicos: “Muy a menudo el almizcate está abierto como un callejón, permitiendo el paso entre las dos calles, pero algunas veces se cierran con un tabique que solo deja pasar las aguas por una abertura inferior, porque el sentido de los almizcates era antiguamente ese precisamente, dejar colar las aguas de lluvia entre las casas”.


Ya tenía material para trabajar. No es una calle, ni siquiera una calleja, es un espacio de luz, agua y aire entre casas o medianería, tan estrecho que no llega a alcanzar la categoría de calle, casi ninguna tiene nombre, no suelen tener puertas y las ventanas escasean, son los almizcates, tan extinguidos como su nombre que fue borrado del diccionario de la Real Academia en 1992.
Después supe que, además de esos menguados pasillos, en ocasiones se configuraban como patios traseros, más anchos y abiertos. El almizcate toma formas variadas y no estaba sujeto a una fisonomía determinada, más bien a un uso, a una práctica arquitectónica para mejorar la salubridad de las viviendas. En algún glosario de arquitectura se amplía su definición a patio o calle de solo paso para transeúntes entre dos fincas urbanas. Proporciona ventilación y luz a las casas y aposentos adyacentes, además de facilitar atajos para el tránsito de personas y el acceso a instalaciones que requieren atención o mantenimiento.


Los almizcates podían estar abiertos como pequeños pasos, callejones o callejas que no cumplían con el ancho habitual de una calle; cerrados como espacio abierto entre inmuebles o con la muralla de la ciudad, o parcialmente abiertos a modo de adarve. Es difícil identificarlos, el paso del tiempo ha desvirtuado su función aunque algunos pueden adivinarse por las referencias documentales a callejón cerrado, calleja, pasillo del muro o calle angosta sin salida. Todavía queda en Andalucía su recuerdo con la calle del Almizcate en Sanlúcar de Barrameda y otra en Vejer de la Frontera.

Almizcate entre calle Pantaleón y Valdés, actual calle Mariquita Cuevas

En Marbella sobrevive alguno, al menos dos abiertos, el primero el que sirve de paso entre la plaza de la Victoria y la calle Buitrago, el vial más estrecho y anónimo del Casco Antiguo; el segundo el que permite el acceso desde la calle Pantaleón a la de Valdés, al que recientemente se le otorgó el nombre de Mariquita Cuevas, que en los documentos antiguos al no tener nombre se nombraba como la calleja angosta que va a la plazuela que llaman de don Pantaleón (Nazario Marmolejo), aunque también podría ser la que llamaban allá por el XVIII como la calle angosta que llaman de Bracho.
La dificultad de su identificación estriba en que callejas, callejuelas y calles angostas que pudieran ser candidatas a almizcates no son más que calles estrechas de un viario de reminiscencias andalusíes, abundantes en nuestro centro histórico pero no cumplen con la aplicación para la que se creaban los almizcates. No eran lugares para el paso aunque algunos sí cumplían este fin sobre todo de acceso a las puertas falsas, esto es la parte trasera de las viviendas.


Me atraía la posibilidad de encontrar alguno cerrado, perdido en la maraña de inmuebles intramuros, y la única manera de hacerlo era escudriñar una vista aérea con la ilusión de hallar algún almizcate, misión realmente difícil debido a la intensa y generalmente desafortunada renovación del caserío, a la desaparición de su función, su cubrición u ocupación. Y tras un breve vistazo he podido constatar la presencia de muchos, ya sea como almizcate estrecho y largo, ya como patio o patinillo trasero descentrado respecto a la vivienda y colindante a otra. Hay unos cuantos en el antiguo perímetro de las murallas que eran la servidumbre interior que se configuraba como un corredor, libre y desembarazado de edificaciones, que algunas veces se abría en una pequeña plaza, generalmente donde se situaba la escalerilla para acceder al pasillo de ronda y que debido a su demolición quedaron embutidos entre casas. En documentos podemos apreciar que, generalmente, las viviendas le daban la espalda a la muralla.


Donde mayor densidad hay es en el entorno de calle Álamo, Nueva y Valdés quizá la zona más andalusí de nuestra ciudad, donde se aglomeran los inmuebles sin apenas orden, un maravilloso caos con muchas historias por contar.



martes, 15 de octubre de 2019

LAS BARBERÍAS DE LA PUERTA DE LA MAR





En la Edad Media no había baños sin barbería, se situaban en las puertas donde existía mayor movimiento comercial y el de barbero era uno de los oficios imprescindibles que iba más allá de cortar el pelo y afeitar ya que también ejercían como cirujanos menores, realizaban sangrías y estaban al día de los que sucedía en el devenir cotidiano. Intrusos matasanos, incluso boticarios y sanadores.

Las barberías de la Puerta de la Mar se situaban en las tiendas de la calle del hospital de la Misericordia, actual San Juan de Dios en 1566: “e sobre cinco tiendas questán en la calle de la Misericordia que alindan las unas con las otras e alinda con tienda de Burgos e alinda con las casas de la Cantera e alindan con casas de Fernán Mateos e con tiendas de Francisco Hernández barbero e por delante la plazuela de la Puerta de la Mar”. Francisco Hernández se titulaba en 1559 como cirujano y sus hijos Francisco y Martín Hernández sucedieron a su padre en el oficio.

Sus vecinos los Burgos regentaban otra de las barberías, de hecho el primer Burgos, Pedro de Burgos barbero, había venido con el repartimiento de bienes tras la conquista y sus descendientes continuaron con el oficio siendo la trayectoria idéntica a los Hernández pues en 1561 Bartolomé de Burgos se titulaba cirujano.

No puedo resistir decirlo, muchos a estos alturas lo habrán pensado, las barberías se mantuvieron en el mismo lugar más de 500 años, quien sabe si más teniendo en cuenta la más que probable presencia de barberías andalusíes.



Si me preguntan cuál es el significado de tradición, les contestaría que tradición es esto, mantener durante siglos los mismo oficios: la barbería de Rogelio en San Juan de Dios junto a la Posá, la de Manolo Cantos en la esquina de la plaza de José Palomo junto a la sede de la Pollinica y la de Guerrero primero en la calle Alameda y desde 1958 en Enrique del Castillo y  un poco más abajo en Ramón y Cajal la de Francisco Cantos Lima y en la otra acera la de los Hermanos Pérez y alguna más que no recuerdo.

Las tradiciones en ocasiones se rompen, es el signo de los tiempos dicen, ahora se llaman peluquerías hairstyle y salones de bellezas, ya no quedan barberías de tertulia y perder el tiempo, de esas que, como una vez me preguntó un peluquero que me iba a dar cháchara y no me conocía ¿poco o mucho, del Madrid o del Barça, a favor o en contra?

viernes, 23 de agosto de 2019

DE BAÑOS ÁRABES A SEDE DE LA POLLINICA



La pista me la dio Lina Urbaneja el otro día al releer un documento de 1496 que ya habíamos trabajado hace muchos años. Cuando tienes que transcribir cientos de documentos, en ocasiones, puedes pasar por alto detalles importantes. La cita, sobre unas casas, decía así: “que son en la dicha çibdad de Marbella que an por linderos los baños e casas de Gonçalo de Toledo, e de la otra parte casas de Pedro el Sarco, espadero, e la calle real”.  Esta mención se sumaba a la de la merced de los Reyes Católicos a Fernando Vallejo del mesón de la Puerta de la Mar que lindaba por “delante una parte las dichas dos tyendas que son anexas a las dichas casas e mesón e de la otra parte los vannos e las calles rreales”.


Durante años me planteé la posible ubicación de los baños, dudé a un lado y a otro, incluso sospeché de un inmueble cercano pero no tenía certeza alguna, hasta ahora. La historia es una ciencia sometida a continua revisión y es grato poder hilar el relato de una nueva hipótesis que pone sobre la mesa el lugar donde estuvieron los baños principales de la ciudad. Y digo principales porque pudieron no ser los únicos.

Vázquez Clavel en sus Conjeturas de Marbella supone unos baños en otro lugar: “Por la parte superior, y muy inmediato al Estanque se conserva un pozo artificialmente embobedado en las Casas, que fueron de Luis Delgado, y poseen hoy los herederos de Doña Inés de Lima, comprehendiendo la bobeda toda la sala baxa, patio, y parte del portal: y según aparece pudo tener alguna comunicasion con otra obra subterránea de arcos, y bobeda, que se descubrió en la Calle alta del muro, que se conserva a la espalda de las Casas principales de mis Padres: y su disposición, según informan testigos oculares, parecía destinada para baños, o para repartimiento de aguas…”. Según los censos de propios de 1793, esas casas principales estaban frente a la Pescadería y la Puentezuela, La pescadería pública estaba en el puente de Ronda, junto a la fuente del Chorrón, por lo que la vivienda de los padres del presbítero estarían en lo que es hoy calle Chorrón número 1 o plaza de Puente de Ronda 5 y los supuestos baños estarían donde se levanta el inmueble situado entre calle Solano y fachada a calle Remedios 8 o 10, que en aquella época estaba adosada a la muralla o Muro Alto.
Los baños era una pieza imprescindible en las ciudades andalusíes, se situaban en lugares con buena recepción de agua, cercanos a las puertas de las medinas y próximos a las mezquitas principales. Los Reyes Católicos, en la conquista del Reino de Granada, se quedaban los baños que con el tiempo eran otorgados por merced o pasaban a formar parte de los propios de la ciudad. En España se conservan muy pocos porque no gozaban de especial predilección cristiana y sus restos o solares terminaban destinándose a otros fines.

Pero volvamos a nuestros baños árabes, suponíamos que estaban en el entorno del mesón de la calle San Juan de Dios sin poder precisar el lugar exacto, la casa de Gonzalo de Toledo tampoco aportaba mucho salvo que lindaba con los Baños, la casa de Pedro El Zarco y la calle Real, poca cosa. Sin embargo, tras una exhaustiva búsqueda documental y por comparación de los linderos y de otros propietarios hemos podido ubicar la casa y, por tanto, los baños.

En 1533 los Toledo habían comprado la casa del mercader Pedro El Zarco y las de Juan de Córdoba. Las referencias de los siglos XVI y XVII son suficientes para una localización con garantías. Un resumen de esas lindes son las siguientes: en 1533 “por las espaldas la muralla de esta ciudad”; en 1538 “por las espaldas la calle de la muralla” y “por delante lado y espalda con las calles reales”; 1551 “por las espaldas la calle del Muro”; 1552 “con la calle que junto el muro en la puerta de Mar y la plazuela” y “casas situadas en la puerta del Mar linde otras casas y con la casa que va junto a el muro de la puerta de la Mar y la plazuela”.

En el siglo XVII, por la anexión de inmuebles, era la casa grande del bachiller Toledo con fachada principal a la calle Nueva, el lateral de levante a la plazuela de la Mar y a las espaldas la calle del Muro que daba a la puerta de la Mar. Con estos datos podemos reconstruir el paisaje de la época, la manzana que forman las casas que estaban frente a la Puerta de la Mar, hacían esquina frente a los baños, que en pocos años y probablemente por su ruina, fueron convertidos en carnicería pública.

De la carnicería pública sabemos poco, la última referencia que disponemos de los baños es de 1498 en la que los reyes confirman la renta de los baños para los propios y la primera de la carnicería es de 1540. En esos 42 años, silencio. No sabemos nada. Podemos confirmar sin embargo que en el siglo XVIII aún se conservaba la canalización subterránea de traída de las aguas, muy bien descrita de nuevo por Vázquez Clavel: “Tenia para desagüe por la parte inferior una mina de vara , y media de ancho , y quatro de alto de la misma argamasado derretido : y su dirección por las Casas, que hoy posee Don Gaspar Barragan y Amores , y por la Carnicería persuaden, que desembocaría à la izquierda de la Torre de la Vela en la immediata Cañada”. Es posible que en 1612 la tienda anexa a la carnicería mantuviera algo de los restos de los baños “una tienda en la plazuela de la Carnesería que dizen de la Bóbeda”.


La demolición de la puerta de la Mar modificó el entorno con la construcción de la línea de viviendas que confinaban con la carnicería en la actual calle de Enrique del Castillo. De la carnicería poco sabemos. En 1834 “que la carneceria publica de la misma carece de la limpieza y aseo nesesario, por estar inutilisada tambien otra cañeria por donde se conduce el agua a aquella, nesesitando ademas reedificar las peredes (sic) de su corral de consejo que se hayan caídas”. 


Tras años de abandono en la década de los 80 pasó a ser taller de cerámica de la Universidad Popular y recientemente, sede de la cofradía de la Pollinica. Un largo periplo del que apenas quedan huellas más que las de la memoria, aunque su subsuelo promete guardar el secreto hasta que hábiles manos arqueológicas nos confirmen todo lo documentado.

domingo, 21 de julio de 2019

LAS FOTOGRAFÍAS DE ROBERT GENE WILCOX




Cuando te encuentras con un documento gráfico inédito crees traspasar el alma de su autor a la vez que te trasladas al lugar del objetivo y su fecha. Buscas novedades, datos, quizá descubrir algo que nunca antes había sido apreciado.
Eso me ha pasado, con un punto de emoción, con el descubrimiento de ocho fotografías con el título “Marbella” fechadas entre 1956 y 1957 cuyo autor es Robert Gene Wilcox, un absoluto desconocido hasta que indagas y descubres algunas notas de su biografía.


Robert Wilcox (1925-1970) nació en Saint Paul, Minnesota. Después de servir en la Marina durante la Segunda Guerra Mundial estudió en la Universidad de Minnesota graduándose en 1956. Trabajó como fotógrafo independiente y como profesor de fotografía en el departamento de Arte de la Universidad de Minnesota.
Viajó por diferentes países de Europa aunque sus fotografías son en su mayoría de Estados Unidos dejando unas imágenes de gran calidad que pueden ser consultadas en https://collections.artsmia.org/search/artist:%22Robert%20Gene%20Wilcox%22


También existe una referencia bibliográfica “Lyrical Documents: The Photographs of Robert Gene Wilcox de Christian A. Peterson publicado por el Minneapolis Institute of Arts en 1988 que no he podido consultar.
Esta escueta reseña nos lleva a una colección de 357 fotografías digitalizadas en una colección titulada “The Miscellaneous Works of Art Purchase Fund” que se encuentra en la base de datos de la Minnesota Digital Library provenientes de la colección del Minneapolis Institute of Art.


Son imágenes de gran belleza, plenas de lirismo, que nos descubre una Marbella pre turística, anclada a las tradiciones, con reminiscencias pictorialistas que trasciende la instantánea de una fotografía para intentar mostrar un mensaje, acaso un sentimiento.

miércoles, 17 de julio de 2019

MARBELLA, UN LUGAR DE CLIMA EXCEPCIONAL. NOTAS PARA UNA REVISIÓN DE LOS ORÍGENES DEL TURISMO



Mucho se habla sobre los orígenes del turismo en Marbella. La tendencia natural es buscar a descubridores-empresarios a los que se atribuye la salida del anonimato de la ciudad para convertirla en un destino internacional. Es una verdad a medias más referida a lo que se conoce como industria turística que a su descubrimiento como lugar de un clima excepcional pues existen antecedentes sobre nuestras bondades climáticas y sobre la identificación del nombre de Marbella como sitio ideal para la climatoterapia, esto es la curación de un amplio espectro de enfermedades debido a la templanza de nuestras temperaturas medias, tal como se planteó en 1902 al presidente Sagasta: “…en octubre marchará el Sr. Sagasta a Marbella (Málaga) a pasar una temporada por prescripción facultativa para reponerse de sus achaques con el descanso y cambio de clima, donde éste es en extremo benigno y saludable”.  Finalmente, su delicado estado de salud impidió su traslado ya que falleció cuatro meses más tarde.

Que en 1902 se hablase de Marbella y su saludable clima y que fuera lugar de prescripción médica indica que el nombre de la ciudad como destino por su clima era bien conocido y que no había sido producto de la casualidad pues muchas personas, años atrás, lo habían percibido como fue el caso del presbítero Vázquez Clavel que a mediados del siglo XVIII definía nuestro paisaje: “… a la falda de una hermosa quanto elevada Sierra, su fertilidad, la bondad de sus aguas, las virasones del mar, y ningunas lagunas ni otros lugares pantanosos, le producen un clima bien templado”.

Ese clima se traducía en un paisaje tropical que destacaba por su fertilidad y frondosidad como describió en 1810 William Jacob “El contraste de esta legua con las nueve restantes que ya habíamos pasado nos produjo una gran sorpresa así como un sentimiento de placer; la llanura entre las montañas y el mar se fue haciendo cada vez más ancha y cada vez más exuberante con todo tipo de productos tropicales, mientras que la zona que habíamos atravesado era arenosa y árida…”.



En términos similares se manifestó José Ortega Munilla a finales del XIX: “La ciudad de Marbella vive en perenne primavera. Por la parte sur, el mar la acaricia con sus tranquilas olas; por la parte norte, Sierra Blanca la defiende del frío. Es más que un pueblo, un invernadero de personas y plantas, en donde el frío no llega y la vejez se retarda en la suavidad de un clima en el que son desconocidos los violentos contrastes de Madrid”. Tal como se expresó unos años después Domingo de Orueta: “La villa, con sus alrededores frondosos de arbolado y huertos de regadío, coronados por la imponente y árida masa de la sierra... presenta uno de los espectáculos más bellos que es dado contemplar en la región”.

La idea de la promoción turística estaba ya presente en las autoridades, el Síndico Rafael Vallejo se expresaba en estos términos en 1890: " No puede calcularse hasta donde llegarían los beneficios si se lograse atraer a este país parte de los viajeros de posición desahogada u opulenta que buscan su salud o su cómodo bienestar en ciudades que respecto a su clima son inferiores a Marbella". De hecho, como destacó Antonio Rodríguez Feijoó en su “aproximación a los orígenes del turismo en Marbella”, el primer proyecto relacionado con el turismo en Marbella fue un proyecto de los ingenieros Amador Villar Pérez de Castropol y Jorge Fournier para construir una Colonia Estación de Invierno, proyecto que no fructificó.

En un informe sobre el alcantarillado fechado en 1935, de autor anónimo, se refrendaba, una vez más, la particularidad de nuestro clima: “La ciudad de Marbella «abrigada por sus pinares, besada por su mar», según frase de un ilustre literato inglés, es sin duda alguna el sitio ideal para residencia lo mismo en invierno que en el estío. Su posición topográfica al cobijo de su pintoresca sierra, que la libra de los aires norteños, proporciónale una temperatura uniforme y deliciosa de constante primavera. Siempre produce este bello rincón de la provincia de Málaga una singular atracción de simpatía. Pero cuando después de haber visitado detenidamente toda la Costa Azul francesa y la Riviera italiana, hemos vuelto a estar en Marbella, nos damos cuenta aún más de la justeza que envuelve su otro nombre «Costabella» con el que ya es corriente designada. Porque ya no es solo su belleza la del mar, sino el primor, lo interesante y alegre de su costa y de su cielo”.



Sin duda, estas visiones fueron dejando huella en la opinión pública. Marbella desde la segunda mitad del XIX había adquirido protagonismo por su clima excepcional. En la prensa de la época abundan los comentarios comparándolo con los destinos turísticos internacionales más conocidos. Como muestra este de 1898 del periódico satírico el Papa-Moscas: “Nuestro comandante general D. Sabas María, recientemente nombrado, procede del arma de artillería y entre otros buenos servicios, tiene el de haber estado agregado a la embajada de Rusia tres años. Así es que Burgos, con los mal llamados inviernos que ahora disfrutamos, le va a parecer Niza, Lisboa, o Marbella”. En toda España se daba por sentado que nuestro clima era el mejor, algo que no solo se debía a las impresiones de los viajeros sino también al comienzo de las mediciones de temperatura y pluviométricas desde 1892 con la creación del Instituto Central Meteorológico cuyas mediciones locales se tomaban desde el Faro.

Son frecuentes en los ecos de sociedad noticias sobre desplazamientos y estancias en la ciudad de ilustres personajes de toda España pero en especial de las provincias limítrofes de Granada, Sevilla o Córdoba, sobre todo en la década final del siglo XIX, como esta de 1889: “… el señor don José Agreda y Bartha, canónigo doctoral de esta santa iglesia, en cuyo punto (Marbella) permanecerá una breve temporada”. Eco que se repetía anualmente y de otros como los marqueses de Montelirio desde Sevilla o el marqués de Marianao desde Cataluña. Singulares eran las visitas de Alfonso XIII, la primera conocida en 1908 procedente de Sevilla y antes de marchar a Madrid, la última en 1926.



Pero el clima no fue suficiente para poner en el mapa de España a Marbella, tuvo mucho que ver la fama del General López Domínguez, ministro de la Guerra en 1883 y presidente del Consejo de Ministros en 1906 cuyos biógrafos destacaban que había nacido en “un pueblo importante de la provincia de Málaga”, y antes la del Marqués del Duero que desde su colonia agrícola de San Pedro Alcántara se defendía la fertilidad de sus tierras y la benignidad de su clima algo que iba siempre acompañado del nombre de Marbella.
Fotografía extraída de "José Ortega y Gasset 1885-1955. Imágenes de una vida"



Sin embargo en cuanto a repercusión mediática y por tanto promocional destaca Joaquín Chinchilla y Diez de Oñate, su linaje y su familia política, senador vitalicio, de larga carrera con diferentes cargos, que tuvo importante presencia en los medios. Su cuñado era Eduardo Gasset Artime padre de Rafael Gasset Chinchilla y abuelo de José Ortega y Gasset, familia criada en un ambiente culto relacionado con el periodismo y la política. Eran frecuentes sus estancias en la finca Caballero que en 1882 había comprado Joaquín Chinchilla.

Marbella no tenía infraestructura turística, las residencias de nuestros nobles y burgueses visitantes eran los cortijos y haciendas, más de setenta según los Amillaramientos de 1850, que se extendían por nuestro término municipal y alrededores. Era un turismo que buscaba la vida rural, el alejamiento de las ciudades y sus inconvenientes, entre los que estaba la pobreza y el abandono de nuestra ciudad. Una forma primitiva de hacer turismo que entronca con la tradición de las villas suburbanas de recreo de Roma. Un ideal de vida rústica, residencias campestres para la aristocracia romana que a la vez que granja tenían las comodidades propias de la ciudad, cuyo modelo continuó durante el Renacimiento.



Un tipo de residencia de descanso alejada de lo que se estaba proponiendo en Málaga desde finales del XIX con la Sociedad Propagandista del Clima y Embellecimiento de Málaga que propugnaba un turismo invernal pero eminentemente urbano. Al igual que sucedía con Marbella, exponían la comparación climática con los destinos turísticos internacionales. Modelos distintos que tuvieron continuidad en el siglo XX con la eclosión del turismo internacional en Marbella con las urbanizaciones turísticas que se extienden por todo el territorio marbellense y el malagueño más urbano y enfocado a la belleza de la ciudad y su patrimonio histórico.

La propaganda turística quedó, desde finales del XIX, imbricada como factor indispensable del desarrollo económico. La labor de Enrique del Castillo y Pez y Ramiro Campos Turmo fue fundamental; el segundo desde finales de los años 20 del siglo XX difundió las bondades de Costabella por toda España con sus artículos sobre El Jardín de España en Marbella.
No fue sin embargo hasta mediados de los años 40 y principios de los 50 cuando Ricardo Soriano Scholtz y Alfonso de Hohenlohe convirtieron los cortijos en recintos hoteleros. Fueron los primeros que crearon establecimientos turísticos pero eso es ya otra historia. Queda aún mucho por saber.