Retazos de historia de Marbella
y otras reflexiones

lunes, 23 de julio de 2018

LAS ENCANTADORAS VILLAS DE LA COLONIA ANSOL






























Eran tiempos de ingenuidad dibujados en blanco y negro franquista, de nuestros inicios turísticos, de solares yermos y playas vírgenes, tiempos donde los españoles comenzaban a sentir la necesidad de disfrutar en lugares alejados de las ciudades, principalmente de Madrid, de tener vacaciones y Marbella fue una de las elegidas por el poder civil y militar. Una larga nómina de ministros, embajadores y altos cargos eligieron la ciudad para su descanso. Tras ellos, por un efecto de llamada, cargos menores, funcionarios y una clase media privilegiada para aquellos años también optaron por tener su hotelito veraniego.



La historia de la colonia Ansol con sus encantadoras villas comienza con la expansión de la ciudad hacia el sur y al oeste con el ensanche y urbanización de la ciudad del futuro. Los terrenos adquiridos por el ayuntamiento en 1940 fueron vendidos al valor de compra para transformarse en urbanizables mediante subasta en 1942. La parcela que lindaba al este con el campo de fútbol y al oeste con el arroyo de las Culebras fue dividida en tres y adjudicada a Cristóbal Parra Sánchez, Francisco Pedrazuela Martín y Manuel Martín Nieto. Fueron los únicos licitadores en cada una de las subastas y por lo tanto por la cantidad establecida inicialmente cuya valoración había descendido respecto al precio de tasación de los peritos entre un 200 y un 450 por ciento. 14760 m² del partido de la Campiña que habían pasado en apenas dos años de ser terrenos dedicados a un fin social o en exclusiva para su explotación agraria a ser urbanizables.


De hecho, en 1954 la colonia Ansol estaba consolidada con la construcción de 36 viviendas unifamiliares. La sociedad era propiedad de Carlos de Salamanca, Antonio Pérez López de Tejada y Manuel García Mayor. Los terrenos fueron adquiridos a 18 pesetas el metro cuadrado. Las viviendas fueron puestas a la venta entre noventa y cien mil pesetas. Cuatro años después el ayuntamiento invertía 1.050.000 pesetas en urbanizar la zona de la Huerta Grande y la colonia.




















En una Colonia Ansol aún flamante se levantaba desde 1961 el primer hotel de apartamentos y piscina en la calle Virgen del Pilar. Las encantadoras villas comenzaron a ser trocadas en bloques, entre los más destacables el de Fernando Higueras Díaz, fechado en 1973, al que pretendía dotar de cierto carácter organicista “El aspecto exterior será el de un jardín colgante”, a semejanza de lo que construía por aquellos años.

Las pocas parcelas libres fueron ocupadas y las pequeñas viviendas sustituidas por edificios. De su fin social original, el ensanche se había convertido en puro objeto de especulación. En pocos años, ese paisaje de pequeñas viviendas mutaría en otras en las que se podía apreciar un importante salto estilístico de la tradición a la modernidad, un cambio difícil de detener pese a las recomendaciones del arquitecto municipal “Que el estilo arquitectónico sea libre, aunque se recomiende especialmente una ambientación en la región”.




Los mismos espacios y viales diseñados en consonancia con su escasa densidad iban a soportar una acumulación urbana desproporcionada. Los propietarios que habían resultado beneficiados del primer reparto iban a continuar como protagonistas, la primera línea de playa y la fachada a la carretera nacional se convertían en objetivo prioritario, empequeñeciendo el interior de un barrio que perdía su fisonomía original.


La última villa de la colonia Ansol resiste mal el paso del tiempo, grafitis, incendios y un abandono generalizado le han hecho perder encanto, ni siquiera tiene esa pátina de romanticismo que envuelve a los viejos edificios o acaso si para quien piensa que el paso del tiempo y la ruina otorga un derecho histórico al menos para escribir su memoria.

miércoles, 11 de julio de 2018

UN MODELO DE CIUDAD


No es mi modelo de ciudad ni es modélico, es el urbanismo de Marbella, con sus luces y sombras, herencia del Franquismo desarrollista, el que nos puso en la órbita de los centros mundiales del turismo, que ahora arrastra problemas de gestión, dudas sobre su futuro y propuestas de reconversiones, quizá porque ya no nos gusta tanto, acaso porque se aprecia su fin o ineficacia.



En cuanto a la ciudad existen dos facetas contrapuestas: la de la ciudad legal, –la de los planes, la de los proyectos y teorías, muchas veces utópicas– que sustenta los deseos de un modelo urbano basado en el bienestar de sus habitantes; y la de la ciudad real, que es reflejo del poder, que crece a impulsos de la iniciativa privada o de los gestores de la administración que la configuran en función de múltiples factores: distintas administraciones, intereses económicos, políticos, sociales, técnicos, incluso culturales, por lo que en determinadas ocasiones se corre el riesgo de transformar la ciudad de un bien de consumo en un objeto de producción.
Y aunque esta afirmación suene con toda crudeza, lo cierto es que en el caso concreto de Marbella, desde su creación como Centro Turístico Internacional, se sometió a un planeamiento basado con mayor o menor velocidad en su crecimiento con el único límite de la capacidad territorial del término municipal. Y ahora, sesenta años después, podemos apreciar no sólo en Marbella, sino en toda la Costa del Sol, como todas las previsiones iniciales de ocupación del territorio se han ido cumpliendo poco a poco: hay municipios que han agotado prácticamente su suelo urbanizable; otros que apuran lo que les queda; y otros, los pequeños pueblos del interior y los periféricos al núcleo central de la Costa del Sol, tanto occidental como oriental, que comienzan a repetir los mismos errores de antaño.



Con tanto desenfreno, es difícil imaginar una ciudad ideal, esa del desarrollo sostenible, esa de las declaraciones de intenciones, la de las cartas internacionales, la de las convenciones, resoluciones y manifiestos de la UNESCO, del ICOMOS, del Consejo de Europa, las cartas del Paisaje Mediterráneo, porque frente a tantas buenas palabras, nos enfrentamos a una realidad distinta, divergente en los fines y en los métodos. Una realidad social y económica en la que apenas hay espacio para la sensibilidad medio ambiental o patrimonial. Una realidad a la que no es ajena ningún municipio del litoral español. Una realidad donde se abusa, hasta el sarcasmo, de la utilización del concepto denominado “desarrollo sostenible”. Una realidad donde se cometen los mismos errores, se hacen las mismas interpretaciones y se utilizan los mismos argumentos, que en la época del desarrollismo de los años sesenta del siglo XX: la creación de riqueza como axioma inquebrantable, la anteposición de los intereses lucrativos sobre los ambientales, tradicionales o históricos, la justificación, en fin, del crecimiento como única forma de subsistencia.



En Marbella, como en toda España, hubo intentos de conciliación teórica entre estos dos conceptos de ciudad, pero casi siempre fueron nulos en la práctica, imponiéndose la realidad especulativa a la legalidad. Y aunque este proceso se inició hace muchos años y aún está inacabado, un sentimiento de derrota, ratificado por las estadísticas de ocupación de la primera línea de playa del litoral español, por la abundancia de noticias respecto a atentados contra el patrimonio, por la reiteración de manifestaciones políticas irresponsables sobre la anteposición de los intereses económicos, incluso de la subsistencia de los municipios como único argumento válido para el desarrollo, frente a que la preservación del medio natural o cultural sólo es motivo de pobreza y un obstáculo para el desarrollo. Todo nos induce a reflexionar sobre un gran fracaso cuya culpabilidad se difumina y dispersa a lo largo de la historia, en instituciones, leyes, actitudes y voluntades.
El primer Plan General de Ordenación de la ciudad, aprobado inicialmente en 1967, proponía la creación de tres ciudades turísticas: Marbella, Elviria y Andalucía la Nueva, como consecuencia primaba la creación de unidades autosuficientes por medio de planes parciales, pero también venía a legalizar la proliferación en poco más de diez años de las urbanizaciones clandestinas. 


 Este tipo de urbanización programada se convirtió en emblema internacional del modelo turístico promovido por el gobierno central en los años sesenta. Los proyectos eran concebidos como elementos novedosos en el urbanismo tradicional español al tomar como referencia una combinación de las experiencias inglesas de las ciudades jardín, las urbanizaciones periféricas españolas y las ciudades del tiempo libre europeas del siglo XIX, como alternativa a la ciudad industrial en una distribución que contemplaba un diseño completamente autónomo con una importante concentración de equipamientos colectivos. De ser una única ciudad el término municipal de Marbella pasó a tener cuatro núcleos, cuatro ciudades que gestionar con una administración local creada para uno solo.



Y ese está siendo nuestro gran fracaso. Marbella es una ciudad difusa que ya no tiene un solo centro, es cara de mantener, costosa por la necesaria multiplicación de los equipamientos, por la extensión de las infraestructuras, con una plantilla municipal absolutamente insuficiente para proporcionar un adecuado servicio. Frente a la ciudad compacta, de centro definido, donde prima un crecimiento ordenado para facilitar los accesos y los servicios, Marbella es una ciudad de ciudades, confusa, con cientos de kilómetros perdidos entre urbanizaciones desde Cabopino hasta Guadalmina. Una maravillosa ciudad jardín para el turista y un desastre para su administración. Un galimatías de kilómetros para conducciones de gas, electricidad, comunicaciones, saneamiento y limpieza y que se extiende a todas las áreas de seguridad, de tráfico, de fiestas incluso. Lo que se le da a uno se le quita a otro, algo que desde hace años nos está restando potencia en inversión pública porque no se concentra ningún equipamiento hay que dispersarlos y multiplicarlos todos y pese a ello la sensación de abandono en todos los núcleos se generaliza, los de Las Chapas y Nueva Andalucía se sienten abandonados, los de San Pedro humillados y los de Marbella molestos porque se ha extendido la opinión de que se invierte más en otros núcleos que en el propio.

Nadie parece contento con este modelo de ciudad, quizás haya que ir pensando en cambiarlo.



lunes, 2 de julio de 2018

EL MESÓN DE LA URCA




La historia también es imaginación, soñar que estás allí, vivir el presente de lo ya pasado, recrear ambientes, saber de primera mano lo sucedido. ¡Cuánto me hubiera gustado entrar en ese mesón!, pedir un cuartillo de vino de la tierra, el de la apreciada uva Marbella, saludar con parsimonia ceremonial al personal, charlar sobre los últimos barcos atracados en el fondeadero, su llegada a puerto, curiosear sobre el origen de esos marineros genoveses, malteses y catalanes que por fin tocaban tierra, sospechar de otros sin origen claro, que tras obtener permiso cruzaban la puerta de la Mar para saciar su sed y dormir en seco en el mesón de la Urca.


Algunos venían en tal mal estado que pasaban de largo el mesón para terminar en pocos pasos en el Hospital Real de la Misericordia, Real de los Reyes Católicos, hospital de forasteros que según relacionan sus listas de ingresados, cuando ya se llamaba de San Juan de Dios, abundaban extranjeros y marineros, muchos nunca salieron de allí.


El mesón de la Urca es ahora una ruina, se conoce por la posada, la posá apocopada, también se llamó de Grisalva, el mesón de Llorente de Grisalva y el mesón de la puerta de la Mar pero me quedó con esa evocadora urca del dieciséis, taberna de marengos al lado de los baños públicos, en la plazuela de la puerta de la Mar, la de la Verdura y la carnicería, a cien metros de la calle del Cuerno, la del prostíbulo y a otro centenar de la iglesia Mayor para rezar.


No es difícil dibujar una urca cuando es Pérez Reverte a través del capitán Alatriste el que la describe: “El Niklaasbergen era una urca negra de brea, con tres palos en cuyas gavias estaban aferradas las velas. Era corto y feo, de apariencia torpe, con la popa muy alta pintada bajo el fanal en colores blancos, rojos y amarillos: un barco de lo más común, dedicado al transporte, que no llamaba la atención. También apuntaba su proa al sur, y tenía las portas de los cañones abiertas para ventilar las cubiertas bajas”. No era un barco esbelto, su figura no destacaba en las flotas pero dio nombre a nuestro mesón por razones desconocidas.



Fue mesón del marbellí Ali Desbilia hasta que los Reyes Católicos lo dieron por merced a Fernando Vallejo: “Don Fernando en donna Ysabel, ecétera. Por faser bien e merçed a vos Fernando de Vallejo, montero de cavallo, de mí el rrey, acatando los munchos e buenos e honrrados serviçios que nos avedes fecho e fasedes de cada día asy en el dicho vuestro ofiçio de montero commo en la guerra de los moros enemigos de nuestra santa fee católica en alguna enmienda e rremedaçión de ellos. Por nuestra carta vos fasemos merçed sana e donaçión perfeta para agora e para syenpre jamás de unas casas e mesón que son en la çibdad de Marbella, a la puerta que disen de la mar, que heran de Alí Desbilia, moro, todo lo alto e baxo de ellas, de la una parte e de la otra e con los corrales que en ella están e dos tyendas que son de las dichas casas e mesón con sus pertenençias, usos e costunbres, quantas ha e aver deve, de fecho e de derecho, para que de aquí adelante lo suso dicho de las dichas casas e mesón e tyendas con lo alto e baxo de una parte e de otra que sea vuestro e de vuestros herederos e subçesores vivos de qualquier de ellos que do vos e de ellos den e ovieren cabsa de lo heredan e aver que han por linderos delante una parte las dichas dos tyendas que son anexas a las dichas casas e mesón e de la otra parte los vannos e las calles [fol. v.] rreales”.


Tuvo varios propietarios durante el siglo XVI pero su decadencia trajo su ruina hasta que una vez renovado durante el siglo XVII desapareció la urca para siempre. Prefiero no poner ninguna fotografía de su fachada actual porque duele, su tapiado es lo más grotesco que puede hacerse con un monumento, es como emparedar su historia para que no se conozca, es dejarlo caer de nuevo en ruina para convertirlo en un objeto comercial más de los tantos que proliferan en nuestro casco antiguo. Es triste ver como los mejores y más históricos inmuebles de la ciudad, uno tras otro, en lugar de ser recuperados para un uso patrimonial de los ciudadanos caen en las garras de la especulación más voraz sin que la sensibilidad patrimonial de los que gobiernan se afecte lo más mínimo. Es edificio protegido por normativa, tiene una gran historia, merece mejor suerte.

lunes, 28 de mayo de 2018

La última casa de la Carretera





Estos títulos siempre suenan a epitafio, a esos momentos en los que preparas unas palabras de despedida porque ves que el tiempo se acaba. No es la primera vez que escribo en modo tristeza, ya ni recuerdo las veces que he despedido para siempre símbolos de nuestro patrimonio histórico, unas veces con rabia, otras con resignación, las más con la sensación de que clamas en un desierto donde la sensibilidad hacia el pasado se mide por el peso de palabras huecas.

Me refiero a la casa situada en la calle Enrique del Castillo que hace esquina con la avenida Ramón y Cajal, la última casa de la carretera, de fachada ruinosa y tapiada y con el techo anunciando derrumbe, con un gran agujero, abandonada desde hace años, salvo en la parte ocupada por la peluquería Guerrero, bien conservada y cuidada.




Formó parte del proceso urbanizador que coincidió con la apertura de la carretera y la desaparición de las murallas de la ciudad mediante la sustitución, por inmuebles, de la línea de muralla exterior y la cava que se surtía del arroyo de Huerta Chica. Lo que en principio era una labor higiénica se fue transformando en objeto de especulación. 
El entorno de la Alameda había pasado de ser una zona no urbanizable, a convertirse en el principal foco de crecimiento de la ciudad. Esta secuencia se había iniciado con varias solicitudes de cesión de terrenos del común para construcción de viviendas. Las cinco primeras, fechadas en 1864, preveían la urbanización del entorno de la plaza de Petit, cercana a la actual plaza de Tetuán. El Cabildo mostraba su aprobación a los proyectos porque eran favorables para la economía local, así como beneficioso para el ornato público. Más restricciones se establecían para la zona situada entre las murallas y el parque, porque en aquellos años se comenzó a plantear la construcción de la carretera y se estaba a la espera de conocer el proyecto. Varias solicitudes fueron “dejadas sobre la mesa”, pero el empuje fue imparable y en pocos años se construyeron las primeras casas.

Viviendas con fachada a un sur de horizonte abierto, con espectaculares vistas a la Alameda y al mar. Casas burguesas, de fachadas representativas del orgullo y la pujanza de sus dueños que crearon un nuevo espacio de convivencia, paseo y solaz y que rompieron con el miedo a vivir fuera de las murallas.





Cien años después un nuevo proceso especulador amenazó su existencia. El Ayuntamiento de Marbella en pleno, el 24 de octubre de 1961, aprobó una propuesta de modificación a las ordenanzas entonces vigentes que dejaba a las claras cuáles eran las intenciones municipales. La zona que coincidía con el centro histórico en su fachada a la carretera nacional debía de ser liberada de la limitación de superficie mínima de solar y de alturas.

El Plan de Ordenación de la Costa del Sol de 1959 proponía el mantenimiento de esta zona tal como estaba al objeto de conservar la fisonomía “del caserío del núcleo inicial de Marbella, dentro del recinto amurallado que, por su traza, arábigo andaluza, y su posición sobre una colina dominando el mar, es uno de los pueblos de  mayor belleza de la costa mediterránea”. La Comisión Provincial de Urbanismo, once días después, con el informe favorable de la Oficina Técnica del Plan de Ordenación, refrendaba la modificación: “El aumento rápido del casco urbano de Marbella exige una zona de expansión residencial en altura, de la que carece en el Plan de Ordenación de la Costa del Sol. En la citada zona serían toleradas edificaciones de altura aisladas, destinadas a viviendas de tipo medio y lujo…”. La resolución pretendía mantener el perímetro sur del centro histórico protegido, pero fue en vano, la confusión permanecía intacta, algo que creaba incertidumbre y a la vez posibilidades especulativas, con la aquiescencia de los encargados de la gestión municipal.



En pocos años fueron desapareciendo todas las casas, solo queda una, atrás quedó su protagonismo cuando en 1921 fue nombrado hijo adoptivo don Enrique del Castillo y Pez, toda engalanada para el acontecimiento. Hoy lucha en inferioridad de condiciones con el edificio Rural y Mediterráneo pero se mantiene en pie. Creo que nadie ya apuesta por su conservación.




lunes, 21 de mayo de 2018

Marbella Neobarroca




El título es solo una excusa ya que es imposible encasillar la ciudad en un solo estilo o clave cultural más si en una tendencia porque cada sociedad dibuja unos sistemas de valores con los cuales se juzga a sí misma. Omar Calabrese en “La Era Neobarroca” buscaba la existencia de un “gusto”, “un aire de tiempo” para nuestro periodo y proponía el de neobarroco.

Marbella es neobarroca porque recuperó hace tiempo las esencias barrocas del exceso y del artificio, de la sacralización de espacios urbanos y apostó por una estética del espectáculo, la visibilidad y la propaganda; de la estandarización y repetición del mobiliario urbano, ese resultado agradable y convencional con el que tanto nos sentimos identificados.




Vayamos por partes y centrémonos en lo religioso, los matices son tantos como las explicaciones posibles, Marbella es neobarroca no porque quiera parecerse a las ciudades barrocas de entonces, las de la santificación urbana, de vías santas y perspectivas monumentales, aunque algo de esto hay en menor escala con la continua presencia de cofradías y hermandades en las calles del casco antiguo con procesiones, romerías, rosarios, traslados, pregones, actos de todo tipo y nombramientos de calles, plazas y rotondas con nombres de vírgenes, Cristos y santos, aperturas de capillas y ermitas, instalación de cruces y oratorios.




Una suerte de Christianópolis, término utilizado por José Luis Orozco Pardo para explicar lo sucedido en la Granada del Seiscientos que enlaza los resultados del Concilio de Trento y el urbanismo de Roma con lo sucedido en la capital granadina, en el que predomina el componente sacramental, un ideal de vida como peregrinaje penitencial en el que el año litúrgico se apropia del estacionalismo de la cultura y la vida festiva popular. Es significativo que en la actual Marbella se celebran prácticamente el mismo número de manifestaciones religiosas urbanas que las de finales del siglo XVI y XVII.

Escenografía, exceso y ostentación porque “somos barrocos” como escribe Morpurgo-Tagliabue, porque algo del barroco subsiste aún entre nosotros como afirma Fernando R. de la Flor, proceso de reconversión y reconquista espiritual, de patronazgo de santos sobre las ciudades, de tutelaje de la “ciudad del cielo” sobre la terrena, una idea integrista de ciudad bajo un orden sacro, una forma de depuración y de exorcización de la ciudad pecadora, esa que alejada del centro histórico vive en permanente tentación.




Son tiempos de crisis, de brechas salariales y sociales. Algunos creen apreciar una vuelta al feudalismo por las similitudes con las antiguas relaciones de vasallaje. Ya no hay monarquías absolutas pero como antaño los poderes civil, religioso y militar se muestran unidos, comparten una única fe que transmiten por medio de sus actos, que se manifiestan en la ciudad para luchar, -sin pedir austeridad-, contra la cultura del consumo tan laica y superficial, convirtiendo esas manifestaciones religiosas en otra forma de cultura de consumo sobre todo cuando ves actitudes y escuchas justificaciones nada cristianas de atracción turística y de generación de riqueza.


lunes, 14 de mayo de 2018

Cuando las tropas castellanas comieron palmitos y “yervas”





Lo narra Fernando del Pulgar en su Crónica de los Reyes Católicos. Acababan de conquistar Marbella y se dirigían a Fuengirola: “…en estos días la gente de la hueste reçibía grand fatiga, así del cansançio grande por la continaçión de los caminos asperos e trabajosos, como porque falleçieron los mantenimientos; e padeçieron tan grande hanbre, que no tenían los omes ni los cauallos otra cosa saluo palmitos e yervas, porque los bastimentos que se enviaron por la mar, con los vientos contrarios, no pudieron llegar a tiempo que pudiesen aprovechar”.

La rendición de Marbella, el triunfo y la euforia, se vieron ensombrecidos por el hambre que pasaron. La Tierra de Marbella, asolada, no podía ofrecerles un mínimo vital para sobrevivir. Había fallado la logística de la guerra, los alimentos se quedaron en un barco y por unos “vientos contrarios”, probablemente de levante, no pudo llegar a tiempo. Habían calculado mal los víveres necesarios cuando a principios del mes de junio estaban en Antequera: “mandó a la gente hiziesen talegas por quinze días e quel artillería quedase con gran guarda de gentes de cauallo e peones en los prados de Antequera; y él con toda la hueste fue a la çibdat de Marbella”.




El Rey Fernando sabía que necesitaba ayuda para el mantenimiento de su ejército, que las tierras de moros que iba conquistando habían sido abandonadas tiempo atrás, por ello y gracias a dos cartas que se conservan en el Archivo Municipal de Jerez de la Frontera, publicados y transcritos por Juan Abellán Pérez, conocemos las gestiones del rey y la reina para evitarlo. la primera de 7 de junio de 1485 se dirigía al concejo de Jerez, el rey estaba en el real de Arcos de la Frontera camino de Marbella tras descartar el paso desde Ronda por la dificultad de tránsito. Agradecía la ayuda prestada pero les exigía un esfuerzo más: “…porque con el ayuda de Dios Nuestro Señor yo voy el camino de Marvella e creo que seran neçesarios muchos mas mantenimientos de aquellos que estan proveydos e de aquellos que se pesar que eran neçesarios fasta aqui e para proveymiento del real que sobre aquella villa ha de aver no se espera otro ningund bastimento de otra ninguna parte, salvo el que desa çibdad fuere…”

Exigía que fuera rápido, posiblemente porque ya notaban las carencias o porque consideraba inminente la conquista de Marbella y que se enviara por mar: “…lo mas presto que ser pueda se carguen por la mar todo el mas mantenimiento de harina e çevada e vino que fuere posyble de la propia hazienda de los vezinos de esa çibdad porque segund los muchos mantenimientos son menester muchos quel dicho mi tesorero enbie todavia es muy neçesarios que de los vezinos desa çibdad sea proveydo…”. La carga debía hacerse desde Puerto Real, cruzar el Estrecho de Gibraltar y adentrarse en aguas del Reino de Granada y todo en cuatro días.




El barco no llegó y las tropas asentadas primero en el entorno del Río Real, el llamado Sitio del Real y después en el Real de Zaragoza en el camino a Fuengirola, comenzaron a sentir el desabastecimiento, el Rey decidió no continuar hacia Málaga y parar la guerra desviándose hacia el norte por Álora. La Reina Isabel desde Córdoba intervino enviando los abastecimientos a Antequera: “La Reyna, como mandó yr las reçuas de los mantenimientos por tierra para bastimiento del real (de Antequera), bien asy envió mandar a sus oficiales que tenía puestos en los puertos de la mar que enviasen a la çibdat de Marbella trigo e vino e mantenimientos, e todas las otras cosas necesarias para proueymiento de aquella çibdat”.

La preocupación no era solo por las tropas sino también por la guarnición que dejó en Marbella. De hecho, en la segunda de las cartas, fechada el cuatro de julio, 23 días después de la entrada en la ciudad, la reina pedía de nuevo ayuda al concejo de Jerez: “…que la çibdad de Marvella que a menester de ser proveyda, mandamos a vos que dexedes en ella todo el trigo e çevada que alla teneys e de la harina mill fanegas, e todo ello lo entreguedes a la persona que en la dicha çibdad tiene cargo de reçebir los mantenimientos…”, como contraprestación les ofrecía la posibilidad de vender el sobrante de la carga en la ciudad o en cualquier otra ciudad de su reino y señoríos.






Hace algunos años aún se veía por las calles de Marbella a vendedores ambulantes vendiendo palmichas, había cierta afición a arrancar las palmiteras para consumir esa raíz dulce y delicada. Hace tiempo que se prohibió su extracción, que quede el recuerdo que sirvieron para alimentar a un ejército.


miércoles, 9 de mayo de 2018

Notas sobre los gitanos de Marbella (siglo XVI-XIX)



No voy a escribir de los gitanos de ahora, de sus circunstancias y problemas. Solo quiero aportar unas notas sobre su presencia en Marbella a lo largo de la historia con los datos que he encontrado que son pocos y escuetos, tan marginales como sus vidas, casi siempre vinculadas a persecuciones, prohibiciones y quimeras en su tercera acepción pues su historia quisieron escribirla con trazos gruesos de justificación racial como hizo el jesuita Padre Rávago confesor de Fernando VI, que ante sus dudas sobre la Prisión General de Gitanos de 1749 que acabó con 9000 gitanos en la cárcel respondió que “le parecían bien los medios para extirpar esta mala raza de gentes, odiosa a Dios y perniciosa a los hombres”.
Nada nuevo ni bueno, ni la primera ni la última, nunca se quiso a los gitanos en España, nunca se aceptó su modo de vida, su raza, los culpamos por ser como eran, tan distintos, tan diferentes a como nos hubiera gustado que fueran.




La primera referencia es de finales del siglo XVI sobre un supuesto gitano marbellí, Gabriel de Chaves, que se justificaba como tal cuando se le culpaba de ser morisco expulsado que quiso volver a su tierra y cuyo final con el Tribunal de la Inquisición lo pueden imaginar.
La segunda cita corresponde a principios del XVII y trata sobre un problema entre las jurisdicciones civil y militar en la ciudad que fue tratada en el Política para corregidores de Jerónimo Castillo de Bobadilla. En la relación de delitos cometidos por los soldados se incluye la de “…Pedro de la Torre porque quitó al alguazil que llevava unos Gitanos; y ay otros muchos processos presentados contra vezinos soldados, de delitos que han cometido enormes, y resistencia y herida de alguazil”.
Más datos disponemos para el siglo XVIII gracias al trabajo de Bernard Leblon en “El gran fichero de los Gitanos en España (siglos XV a XVIII) Historia de un genocidio programado” que rescata un documento que cumplía una orden de 28 diciembre 1784 en la que se encargaba a los corregidores la realización de un registro de todos los gitanos que había en sus respectivas jurisdicciones, aportando una serie de datos estadísticos que pudieran servir para adoptar medidas dirigidas a su control y asimilación donde se contabiliza quince gitanos en Marbella, un escaso número respecto al resto de pueblos y ciudades andaluces.
Leblon cita algunos nombres como el de Vicente de las Eras que estaba en presidio, casado con María Sánchez, familia de nacidos en Marbella pero que residían en Arcos de la Frontera o la de Pedro de Montes y su esposa Juana Valencia y poco más pues era realmente difícil censar a quien no quería ser censado dado el historial de persecuciones.





De su presencia en la ciudad solo quedaron leves rastros como el de la marbellense calle Lucero (también conocida como la del Molino), ese nombre tan gitano que, antes desde finales del XVIII se llamó calle de los Gitanos; o esa Virgen de los Gitanos que ocupaba el nicho que se sitúa en el callejón de los Chinchilla que fue sustituida por un Sagrado Corazón en 1995. Y por último, quizás con otras connotaciones toponímicas, el puerto de los Gitanos en Sierra Blanca.
De la historia más reciente, la del siglo XX, de los gitanos en la ciudad, sus casas, sus familias y sus trabajos muchos saben y recuerdan. Hubo un tiempo que parecieron integrados en la sociedad local aún cuando se reconocían como gitanos. Sin embargo, el paso del tiempo también va sepultando ese recuerdo.

Estas son mis breves referencias, seguro que habrá más, que sirva esta aportación para no perder nunca su memoria.