lunes, 25 de mayo de 2020

LA ACCIDENTADA ESTANCIA DEL POETA SAFWÁN B. IDRÍS EN MARBELLA


Descubrir datos o noticias históricas tiene siempre un ingrediente de emoción que, inmediatamente es sustituida por la reflexión y el análisis, una tormenta de referencias, relaciones y vínculos que se dirigen a establecer un marco sólido de su contexto. Fue al leer el trabajo de Jasim Alubudi, “Dos viajes inéditos de Safwán B. Idrís” publicado en la revista Sharq al-Andalus en 1994 cuando hallé una referencia sobre Marbella que me pareció realmente interesante.


Sucedió en el año 1180. El poeta murciano pretendía iniciar un viaje a la Meca pero sus tres acompañantes algecireños, el visir Abu 'Amr b. Hassun, el alfaquí y cadí Abu l-Qasim Ibn al-Qasim y el alfaquí Abu Musá b. Nadir, le fallaron por lo que decidió regresar a su tierra. Desembarcó en el río Guadiaro: “hemos llegado, mientras que el sol ha teñido de amarillo sus vestidos a rayas" donde ya habían pasado días y buenos recuerdos con compañeros nobles.


"y cuando se desbordaron las claras de la aurora” continuaron la ruta por tierra, la costera y más difícil, en la que tenían que cruzar ríos y arroyos. Viajaba el poeta con una caravana, era lo más seguro y esa primera jornada lo llevó hasta Marbella. En el siglo XII debía ser un lugar acogedor, sus murallas y la alcazaba la dotaban de la categoría de ciudad. Era esa “ciudad pequeña, pero de carácter plenamente urbano” que citaba el-Idrisi décadas antes o el “pueblecito hermoso y fértil” que fue años después para Ibn Battuta.



Lo que parecía un bucólico atardecer tan marbellense, "mientras de la tarde se apartaron sus últimos restos de vida, y el sol se tiñó en su propia sangre", tornó en un desagradable incidente, una pelea entre comerciantes y arrendadores de tierras e inmuebles le obligó a intervenir para separarlos: "pues mejor la reconciliación" pero todo se torció cuando uno de los arrendadores “le abrasó la trusa* jurando que le iba a derribar sin vida”. Este suceso turbó tanto al poeta que decidió continuar solo el viaje, o huyó por piernas ya que escribe que los dejó con desprecio, lo que indica que realizaba la travesía junto a esos personajes.



No fuimos muy afortunados en las crónicas andalusíes porque en el siglo XIV Ahmad al-Qastali narró otro desagradable incidente con huida incluida por sus zocos y callejuelas que nos descubrió Virgilio Martínez Enamorado en su “Cuando Marbella era una tierra de alquerías”.


El murciano continuó por la costa hacia Málaga, Nerja, Almuñécar, Órgiva, Almería, Vera, Lorca y de vuelta a Murcia. Se acordó de sus amigos que lo habían plantado:  "Si me falla un amigo, [me dedico a] destacar sus méritos, y que mi espada sea visir para mí y con ella aumenta mi fuerza". No fue su viaje más afortunado: "Amigos míos de Algeciras, continuad con bienestar. ¡Por la tarde!, yo, desde que habéis marchado, camino hacia la perdición".

"¿Cuántas veces he intentado que el destino no dispersase nuestra unión?, pero su magia es más poderosa que la mía". 

*gregüesco o calzón que se sujetaba a la mitad del muslo

miércoles, 29 de abril de 2020

9"8 El enigma de la capilla de la Misericordia





 Daría para una novela tipo Dan Brown, con Robert Langdon luchando contra una marbellense secta secreta, desvelando nuestros interiores más ocultos y huyendo con el Santo Grial que había arrebatado a sus legítimos herederos por la plaza de los Naranjos. Es lo fácil, la imaginación vuela y escribir cualquier fantasía siempre será más atractiva que intentar explicar algo desde el rigor histórico, una situación que, en ocasiones, es imposible, o casi.
Sucedió que un día, visitando la capilla de la Misericordia con Antonio Luna, que es quien mejor conoce cada rincón, me llamó la atención una epigrafía en una pequeña ménsula situada debajo del arranque de la pechina de la cúpula a la izquierda del altar. Grabado en la piedra y enmarcado en un trapecio invertido aparece una extraña inscripción 9”8.


Quedé sorprendido, no entendía nada ¿qué hacía una cifra tan rara ahí, tan escondida? No se ve fácil, hay que acercarse al altar y no tiene visión directa desde la nave porque es lateral. Me vino a la cabeza algún versículo de la Biblia, quizás estaría vinculado a algún hecho milagroso de San Juan de Dios o de la orden, ya que ese espacio de la cúpula fue una ampliación de la capilla desde 1687 cuando Carlos II cedió la asistencia a los hermanos de San Juan de Dios. La capilla puede ser adscrita cronológicamente a la segunda mitad del siglo XVIII. Lo raro de este asunto es que cuando hay programas iconográficos barrocos las epigrafías suelen ser frases y no números.



Pronto se disparó la fantasía que es el mayor enemigo de la razón y comencé a pensar en gematrías, numerologías, símbolos ocultos, tonos musicales, cálculo de proporciones constructivas, firma de canteros… todas descartadas. Volví pronto al oficio de historiador ya que a veces las explicaciones suelen ser más sencillas. No es lugar para complicadas disquisiciones simbólicas, es una humilde capilla de un humilde hospital.
Alguien, cuando lo grabó en la piedra, quería expresar algo, pero no a los fieles porque habría escrito la frase que quería transmitir bien visible. Su cercanía al altar con un programa iconográfico dedicado a la Virgen de los Reyes o Virgen de la Paz, que generalmente iba acompañado de las imágenes de San Pedro y San Pablo indica su posible relación. Lo que sí sabemos es que además de la Virgen estaba la imagen del Niño Jesús, llamado el enfermero. Pocos datos para tanto misterio. El programa iconográfico de la capilla (desaparecido en la Guerra Civil) tenía un carácter moralizante, de enseñanza de las virtudes practicadas por el Santo y, sobre todo, las relativas a la caridad.


Tras un rastreo por los versículos 9.8 de la biblia, los resultados son variopintos. Algunos no tienen relación alguna ni con los hermanos de San Juan de Dios ni con el posible programa iconográfico del altar. El Libro de Esdras en el Antiguo Testamento contiene una sugerente frase: “Sin embargo, ahora se nos concedió un breve momento de gracia, porque el Señor nuestro Dios ha permitido que unos cuantos de nosotros sobreviviéramos como un remanente. Él nos ha dado seguridad en este lugar santo. Nuestro Dios nos ha iluminado los ojos y nos ha concedido un poco de alivio de nuestra esclavitud” pero se refiere a los matrimonios mixtos de los judíos con personas de otras tribus, algo que no parece encajar en nuestra capilla.
El de Ezequiel, sobre la visión de la matanza de los culpables tampoco parece adecuado: “Y sucedió que mientras herían, quedé yo solo y caí sobre mi rostro; clamé y dije: ¡Ah, Señor Dios! ¿Destruirás a todo el remanente de Israel derramando tu furor sobre Jerusalén?”. Lo mismo sucede con la alusión que se hace a los hijos de Dios en Romanos, aunque en este caso alguna posibilidad tiene por la referencia a que los hijos de Dios no son los de la carne sino los que indica la promesa de Dios: “Esto es: No los que son hijos según la carne son los hijos de Dios, sino que los que son hijos según la promesa son contados como descendientes”.


En Reyes, en el pacto de Dios con Salomón, incluye una crítica al mal de la soberbia: “Y aunque ahora este templo es imponente, llegará el día en que todo el que pase frente a él quedará asombrado y, en son de burla, preguntará: ¿Por qué el Señor ha tratado así a este país y a este templo?”. Otra referencia al templo es la de la Carta de San Pablo a los Hebreos: “De este modo el Espíritu nos enseña que mientras esté en pie el primer recinto, el camino que lleva al Santuario no está abierto”. En Amós también se habla de castigo: “Yo, el Señor Soberano, estoy vigilando a esta nación pecaminosa de Israel y la destruiré de la faz de la tierra. Sin embargo, nunca destruiré por completo a la familia de Israel”.
Otros versículos si podrían encajar mejor en nuestra búsqueda al hacer mención a la justicia divina, como el 9.8 de Salmos: “Él juzgará al mundo con justicia, y a los pueblos con rectitud”. O el de San Marcos que pide una mirada a Jesucristo: "Y luego, como miraron, no vieron más a nadie consigo, sino a Jesús solo” que encajaría con la inmediata presencia del Niño Jesús, el enfermero que se situaba en una peana a la derecha de la Virgen.


Disponemos, por último, de dos menciones al fin hospitalario del edificio, en concreto la del Éxodo que trata de la plaga de ulceras: “Y Jehová dijo a Moisés y a Aarón: Tomad puñados de ceniza de un horno, y la esparcirá Moisés hacia el cielo delante de Faraón” pero, si bien, el contexto si podría definir bien el argumento, este 9.8 aislado se queda sin sentido. Más fuerza tiene el de San Mateo que narra la cura por parte de Jesús a un paralítico: “Y la gente, al verlo, se maravilló y glorificó a Dios, que había dado tal potestad a los hombres” que no era más que la potestad del Hijo del Hombre para perdonar pecados en la tierra.
Hay una más, la de la segunda carta de San Pablo a los Corintios, que me llamó la atención: “Y poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda gracia, a fin de que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo suficiente, abundéis para toda buena obra”. La alusión a la solidaridad, a la caridad, a realizar actos misericordiosos destinados a los más necesitados y como tales rodeados de otras virtudes en este caso morales como la humildad, es uno de los emblemas de la orden hospitalaria.


Podría ser cualquiera de estas citas o ninguna. Las posibilidades son variadas teniendo en cuenta que existen muchos puntos en común entre las virtudes teologales y las de San Juan de Dios pero quizá haya que afinar un poco más. En la obra Chronología Hospitalaria el padre fray Juan Santos (1715) introduce numerosas referencias bíblicas que bien podrían servir, máxime cuando se utilizan hechos acaecidos a los apóstoles para la creación de la hagiografía del santo, por ejemplo en los Hechos de los Apóstoles 9 sobre la conversión de Pablo que en su versículo 8 dice así: “Entonces Saulo se levantó de tierra, y abriendo los ojos, no veía a nadie; así que, llevándole por la mano, le metieron en Damasco”. Suceso que el fraile se encargó de comparar con lo sucedido al santo: “Ya tenemos a nuestro glorioso Padre, imitando al Apóstol San Pablo en la caída… Cae Juan de la yegua, socórrele María Santísima y oye que le dice, que aquel que lleva no es camino seguro”. Hecho que se vuelve a repetir sobre la entrada en Granada: “Derriba el señor del caballo a Saulo y le manda entrar en la ciudad de Damasco… El mismo señor en traje de Niño se le aparece a nuestro glorioso Padre San Juan de Dios y le envía a la ciudad de Granada”.


Tiene sentido. El versículo de los Hechos de los Apóstoles 9”8 narra un momento fundamental en la vida del santo que recorría la capilla con el programa iconográfico. No sabemos porque se optó por la fórmula numérica, ni sabemos si había otras epigrafías similares pero ese 9”8 estaba enfrente del niño Jesús, de la Virgen, de una bandera de hojalata con la cruz y la granada coronando el altar: “El Niño, nimbado de luz, le presenta en una de sus manos una granada entreabierta, de cuya parte superior sale una cruz resplandeciente, lo mismo que la Granada; con la otra le señala la granada diciéndole: Juan de Dios, Granada será tu cruz”.
La Chronología fue la única biografía del santo hasta que en 1963 Juan Ciudad Gómez Bueno publicó una historia de la orden, es decir que los hermanos de San Juan de Dios tuvieron como única referencia el libro de fray Juan Santos para desarrollar su programa iconográfico. La fecha de 1715 confirmaría la obra de ampliación de la capilla en los años posteriores a la entrega del hospital a la orden granadina.

sábado, 18 de abril de 2020

EL ODIO EN TIEMPOS DE EPIDEMIAS




Escribía Jacinto Benavente que “más se unen los hombres para compartir un mismo odio que un mismo amor” y es que el odio es algo consustancial a la persona, a su vida, credo y cultura. En todas las épocas y en cualquier civilización, el odio ha removido el mundo, tallado a fuego y sangre de muerte y destrucción. Somos herederos y sucesores de ese gen, lo portamos encima, se contagia con facilidad, produce monstruos como el sueño de la razón de Goya, vuelven las peores pesadillas… y seguimos viviendo.
Se odia tanto como se ama de forma selectiva, según nuestra cultura, religión o educación. Nos enseñaron a amar pero también nos inculcaron a odiar y no es cuestión de ignorancia ni desconocimiento, es algo mamado en siglos de lecciones. Se odia de forma consciente, premeditada y voluntaria. Se odia al diferente solo por serlo, al que tiene otro color, piensa distinto o cree diferente.



El odio siempre está ahí, latente y acechante del momento propicio, el de la debilidad moral, como respuesta a la desesperación, al albur de nihilismos y apocalipsis, y las epidemias son el mejor momento para escenificarlo desatando la ira más sobrecogedora, la más estremecedora de las miradas.
En España se ha odiado, se odia y odiaremos, siempre habrá un objetivo, nos vaya bien o mal pero cuando las circunstancias se complican, el odio asoma desbocado, la bondad se aparca, la resiliencia es obviada, la compasión y la caridad y todo ese sistema complejo de manifestaciones del amor son apartados para reaccionar contra el enemigo aunque no exista.



En tiempos pasados las epidemias se debían a la ira de Dios, “ira Dei” de uso recurrente cuando no podía encontrarse una causa como escribía el marbellense autor de los Anales de la Historia de Marbella a finales del siglo XVI: “Fue nuestro Señor servido de alçar su yra de sobre esta çiudad tan misericordiosamente que a çinco días del mes de julio deste dicho año fue la postrera persona que se murió de peste y fue tan de tenazón quitarse que no se murió della persona ninguna de fuerte que fue como si nunca lo oviera avido, porque ansí como sanó la gente, sanó la ropa y aunque es verdad que por ser mal contajioso es bien quemar la ropa apestada y quitar ocasiones, digo que en sanando la gente sana todo. Nuestro Señor nos mire con ojos de misericordia y nunca nos de tal castigo.


Ira y castigo por no haber sido buenos cristianos y por haber permitido que los no católicos lo siguieran siendo. Solo los buenos cristianos, el ejército de Dios, podía combatirlo como hizo San Isidro en palabras de Lucas de Tuy allá por el siglo XIII: “… y aquellos que San Isidro había enviado a prender a Mahoma buscáronle por los lugares de España donde andaban predicando, y fueron en seguimiento de él hasta la mar, y como no le pudieron haber a él, prendieron a algunos de los suyos y trajéronlos a San Isidro, al cual, según parece somos en gran obligación todas las naciones de España y de sus confines, pues con su presencia y virtud maravillosa en su tiempo lanzó y quitó de nuestras partes aquella endiablada y pestilencial doctrina de Mahoma, que la mayor parte del mundo ha inficionado por los pecados de las gentes, y así quedamos nosotros libres de ella por los méritos de este nuestro Santo glorioso”.


La pestilencial doctrina de Mahoma era solo equiparable a la de los judíos como se encargó de recordar el Inquisidor y diputado Francisco María Riesco a principios del XIX: “… tan rápidos progresos que se purificó en pocos años la católica grey española de la inmundicia pestífera de las herejías y mala doctrina”. Las religiones eran objetivo primordial, eran pestilentes pero también causantes “en su maldad” de pestilencias. Los progromos que se sucedieron desde 1391 en España contra los judíos no eran más que el resultado de siglos de acumulación cultural y cultual. La peste de 1348 que se asociaba a los judíos con la corrupción de aguas de ríos y pozos fue solo un ingrediente más en esa escalada. En 1526, Diego de Villalobos cura de la catedral de Gran Canaria iba un paso más allá atribuyendo el rebrote de peste a la falta de acción de la Inquisición en la isla: “por eso an crecido las malas, perversas y ponsoñosas espinas de esta adúltera gente".



Odio a los gitanos que fueron considerados como extranjeros indeseables, igualándolos a la categoría de vagabundos. Gentes de mal vivir que el reino debía expulsar para siempre, por ser de mal ejemplo para sus naturales tal como resaltaba Luis Vives en El socorro de los pobres: “¿Cuántas veces vemos que un solo individuo introdujo en la Ciudad una cruel y grave dolencia que ocasionó la muerte a muchos, como la peste, morbo gálico, y otras epidemias semejantes?
Miedo al que venía de fuera, tiempos en que las ciudades cerraban sus puertas y puertos por el peligro de contagio. En 1494 Rodrigo de Alanís se había establecido en Málaga como nuevo poblador pero pronto el ayuntamiento lo obligó a marcharse solo por el miedo a que estuviera contaminado por la peste “porque vyene de donde mueren”.


Odio, miedo y huidas, traslados de ciudades, escapadas a las casas de campo o búsqueda de refugios como hizo la familia de Pedro Esteban en 1494 que se escondió en una cueva cerca de la ciudad con tan mala suerte que los “moros de las razias” se llevaron a su familia: “andava pestilençia en la dicha çibdad de Marvella, e que muchos de los vesinos de la dicha çibdad huyeron della e él e otros vesinos de la dicha çibdad diz que quedaron en ella por la defender e guardar e quedaron de llevar sus mugeres e fijos a una cueva çerca de la dicha çibdad porque nos se les muriesen. E diz que los moros de las razias los espiaron e se conçertaron con los de allende e llevaron todos los que estavan en la dicha cueva a allende”.




En estos tiempos de epidemia poco ha cambiado, hace algunos años el odio se disparaba contra los homosexuales por la epidemia de SIDA, después se rechazó a los africanos por el Ébola, ahora surge con fuerza el nuevo enemigo a odiar, esos chinos comunistas que han contaminado el mundo que, a la vez, nos venden el material sanitario.
Escribo esto mientras me llegan noticias de manifestaciones en EE.UU. con personas armadas llamando a contagiar a judíos, asiáticos y negros. El odio permanece invariable en nuestra memoria. En España se odia un poco a todos, aunque en esta epidemia parece inclinarse a los motivos ideológicos. Nuestro acervo nos permite tener un amplio catálogo de odiados y los odiadores ya no claman por la clemencia divina, se encomiendan a los dioses de las redes sociales para esparcir sus entrañas ¿de qué podemos extrañarnos? No hay nada nuevo que no sepamos.

jueves, 2 de abril de 2020

"ARMA CHRISTI": PROGRAMA ICONOGRÁFICO DE LA FACHADA DE LA IGLESIA DEL SANTO CRISTO DE LA VERACRUZ



No es la primera vez que escribo sobre el tema. En 2010 apuntaba unas primeras impresiones sobre la iconografía que se desarrolla en la fachada de la iglesia del Santo Cristo de la Veracruz. Ahora retomo el tema que me parece de gran interés para ampliar el conocimiento de detalles que entonces pasaron desapercibidos y además ayudar a la interpretación de su advocación así como a su situación cronológica.
La escena es de una simpleza jeroglífica, son unos pocos signos los que establecen este marco iconográfico, sin tener en cuenta los que se perdieron. Se trata de dos cartelas talladas en piedra en las enjutas de la puerta principal y una cruz en la fachada que da a la plaza en la parte de la sacristía.


De izquierda a derecha, la primera cartela muestra una pequeña cruz con las cinco llagas de Cristo en forma de racimos de uva; la siguiente dispone de tres líneas en relieve horizontales y paralelas, una columna con un cíngulo con tres borlas atado y un gallo posado sobre ella y en la parte inferior tres cubos; la cruz que se sitúa bastante alejada, y en cierto modo descontextualizada, es la de San Damián con una rueda dentada en su centro.


La exposición simbólica en la fachada está vinculada a la orden de los Franciscanos cuyo escudo es diferente al actual de dos brazos cruzados sobre la cruz. En la fachada del Santo Cristo lo único que no aparecen son los brazos cruzados que comenzaron a difundirse a finales del siglo XV bajo el generalato de Francisco Sansón. El primitivo escudo como podemos ver en este ejemplo de la ermita de San Antón en Alcántara de Cáceres es idéntico al nuestro excepto por el cordón de esta orden y la corona real de Enrique IV.


En la cartela de la enjuta derecha además del gallo sobre la columna rodeada por el cordón tiene a su izquierda los tres clavos y los tres cubos son tres dados que en escasos ejemplos aparecen también en los emblemas de los de Asís.


Estos tres dados representan a los soldados que se echaban a suerte la túnica de Jesucristo.


Como se puede apreciar en el cuadro de La negación de San Pedro de Tournier cuatro soldados juegan con los tres dados mientras San Pedro niega a Cristo. 


La imagen de la negación fue bastante habitual, de hecho existe un fresco del siglo IV en las catacumbas de Commodilla en la que aparece el gallo sobre la columna.


Este episodio de la pasión de Cristo fue más allá con la popularización desde el siglo XIII de lo sucedido en la Misa de San Gregorio que en el momento de la consagración eucarística por parte del Papa San Gregorio Magno (540-604) un día de Navidad en la basílica romana de la Santa Cruz de Jerusalén, se produjo el hecho milagroso de la aparición de Cristo mostrando sus estigmas de los que brotaba sangre recogida en un cáliz y rodeado de los instrumentos de la Pasión. 


Esos instrumentos eran los “Arma Christi”: las monedas de la traición de Judas, la espada de Pedro con la oreja de Malco, el gallo de la negación de Pedro, las varas y la columna de la flagelación, el paño de la Verónica, la corona de espinas, una cabeza escupiendo y una mano con pelo aludiendo a los escarnios que sufrió Cristo, la jofaina de Pilatos, tres clavos, la lanza y la esponja, la túnica sorteada entre los soldados y los dados, la escala y las tenazas con las que fue desclavado de la cruz.


No siempre se reproducen todas las Arma Christi y más en ejemplos tan esquematizados como el de nuestra marbellense iglesia pero son suficientes para transmitir de una manera simple este hecho de la Pasión que manifestaba la advocación de la iglesia. Un Varón de Dolores que en la actualidad lo procesiona la Cofradía del Santo Cristo de la Vera-cruz, Santo Cristo Atado a la Columna y María Santísima Virgen Blanca.


Más enigmática es la cruz de San Damián, con una chocante rueda dentada en el centro, de la que no he encontrado analogía alguna. Generalmente es reproducida con un Cristo sin corona de espinas y sí con la de gloria a semejanza del icono original, en el que aparece también San Pedro y el gallo de la negación. 


Tenía varias hipótesis al respecto, incluso alguna descabellada por su excepcionalidad pero me inclino por la corona de gloria de San Damián que destaca por su luminosidad y porque circunda la totalidad de la cabeza un Jesucristo ya resucitado cuyo brillo se asemeja al sol.


El conjunto representa la Pasión de Cristo desde el momento que es apresado y azotado hasta su resurrección y todo vinculado a San Francisco de Asís, su vida y sus emblemas que coinciden con las “Arma Christi”. Sabemos que el convento de los mendicantes fue fundado en 1593 y que esta iglesia es, sin duda, de establecimiento anterior ¿cuál es la razón de estos vínculos entre la Veracruz y la orden franciscana? Existen dudas sobre el origen de la ermita, las primeras noticias aparecen a partir de 1563 con la mención de “las casas de la Veracruz”, sin embargo todo indica a una presencia mucho más antigua de la que no hay referencia documental.

el Padre Gerónimo Rodríguez, guardián del convento franciscano de Estepa, en el siglo XIX, en su manuscrito sobre la historia de Estepa y de la Recolección Franciscana en Andalucía, afirmaba que la fundación del convento en Marbella “fue el gran afecto con que los vecinos de esta ciudad atendían a la pobre familia de los Menores”.
Esta es la clave, la presencia de los Franciscanos en nuestra ciudad es anterior a la fundación del convento y todo indica que las casas de la Veracruz era la sede de estos frailes menores sin poder precisar desde cuando aunque podemos suponer que por las características del programa iconográfico se puede remontar bastantes años atrás.

lunes, 17 de febrero de 2020

LA ALCALDESA PERPETUA DE LA CIUDAD DE MARBELLA Y SU FORTALEZA


No hay duda que es título pomposo, de lustre y rimbombo pero, sobre todo, es sorprendente ya que es género femenino, algo extraño cuando se acude a nuestra historia cargada de testosterona, épica y batallas, muy de machos dominantes y de mujeres secundarias. Si es perpetua es que es para siempre por lo que quien lo ostentaba mantiene el cargo, así como sus antecesores y sucesores por lo que la ciudad y su castillo tendría aún un alcalde o alcaldesa perpetua salvo que se demuestre lo contrario.

Esta historia no es tan fácil ni sincera, tiene matices y no es exacta pero suena bien. Todo comienza con una referencia aislada en un documento en el que se cita a María del Carmen Luisa Felipa Benicia Dominga Joaquina Ana Antonia Librada Francisca Judas Tadea Cipriana Micaela Torcuata Clara Fernández de Córdoba Guzmán Castro y Portugal que acumulaba nombres y títulos a principios del siglo XVIII, además del de alcaldesa perpetua de la ciudad de Marbella y su fortaleza, el de condesa de Teba, marquesa de Ardales, mariscal de Castilla, señora de la villa de Campillos, de las Pueblas de Peñarrubia y Almargén y del Donadío de Turón.
Sus antecesores tampoco tenían muy claro el marbellense título, les sonaba de algo pero no parecían entenderlo del todo, así Catalina Portocarrero y Guzmán y de la Cerda se nombraba alcaidesa perpetua de la ciudad de Marbella, cuando los alcaides solo lo podían ser de los castillos, y Domingo Fernández de Córdoba Portocarrero de Guzmán y la Cerda Leiva Arteaga y Gamboa alcaide de Marbella a secas.



Eran descendientes de don Luis de Guzmán, conde de Teba, que en 1536 obtuvo por merced del rey Carlos I la tenencia de la fortaleza de Marbella: “…acatando los munchos y buenos y continos serviçios que nos abeys fecho y los que esperamos que nos hisyeses es nuestra merced e voluntad que agora e de aquí adelante quanto nuestra merced y voluntad fuere tengays por nos y en nuestro nombre la tenençia de la dicha fortaleza…” y que como es bien sabido nombró a Alonso de Bazán su teniente de alcaide.

Los condes de Teba eran por tanto alcaides de la fortaleza y salvo que compraran una regiduría perpetua tan al uso en el siglo XVII, algo bastante improbable, no ostentaban el cargo de alcalde de la ciudad ni era perpetuo. El tiempo desvirtúa hasta los títulos, vestía más ser alcalde o alcaldesa perpetua de la ciudad que el sucio y bélico cargo de alcaide de un castillo, máxime cuando durante el siglo XVIII perdió su función protectora por su urbanización interior y el adosamiento de viviendas a las murallas.

Marbella tuvo muchos regidores perpetuos, he contado por encima más de treinta, toda la oligarquía local pretendía un cargo de fácil acceso, con el que se mercadeaba y especulaba, se compraba al rey de turno lo que era un gran negocio para sus arcas. Tal título intemporal otorgaba alcurnia aunque fuera ficticia y pretenciosa, además de confrontar con el sentimiento trágico, tan barroco, de la muerte. La perpetuidad trasciende la transitoriedad pero sobre todo era un nivel más allá, el más alto, el imposible de superar. No había mayor honor que tener un título eterno.


Con el tiempo lo que antes se compraba fue convirtiéndose en honorario y perpetuo que es otro modo de conseguir influencias y publicidad. Del periodo de la dictadura de Franco consta con tal distinción el que fuera Director general de turismo Antonio José Rodríguez-Acosta y con mayor atrevimiento al que fuera presidente de los Estados Unidos, Dwight D. Eisenhower.

Con la democracia se dio un paso más allá con el nombramiento, por parte de los ayuntamientos, de santos y vírgenes como alcaldes y alcaldesas mayores y Nuestro San Bernabé añadió a su santidad el terrenal cargo de alcalde mayor perpetuo de Marbella. En las cofradías muchos hermanos mayores incorporaron la perpetuidad en sus títulos y han nombrado por doquier a los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado y del ejército como hermanos mayores honoríficos perpetuos, una moda que se extendió rápida por pueblos y ciudades y que aún se mantiene.


De la perpetuidad barroca a la perpetuidad neobarroca. La fama, la teatralidad, el artificio no sufren el paso del tiempo. Ahora prepondera la imagen sobre el texto, lo simbólico como relato y manifestación del pasteleo. No hay mayor honor que ser honorífico y si es a perpetuidad mejor.

Desconozco si María Macarena de Mitjans y Verea, actual condesa de Teba, mantiene el título de alcaidesa perpetua de la fortaleza de Marbella, creo que ha sido borrado de sus nóminas, me pierdo en esos vericuetos aristocráticos.

martes, 28 de enero de 2020

MIRADORES MUDÉJARES


Marbella es paisaje, evocación de alardes, sensaciones salitrosas y recuerdos de atardeceres memorables. Es mirada hacia el horizonte con la perspectiva tan cercana y a la vez distante de África, es la vista del Estrecho, la esbelta figura de la Concha y sus lomas que se suceden sin fin. Sin embargo, la ciudad, su alcazaba, fue erigida para dominar su entorno no para admirarlo: un férreo control militar de almenaras y murallas contra tantos enemigos que nos obligaron siempre a estar alerta; cruel destino el de tener la mejor ubicación sin poder disfrutar de su belleza conviviendo con el miedo.



Marbella fue ciudad de miradores que se alzaban esbeltos sobre un caserío denso y en ocasiones tortuoso. No hay certeza sobre su cronología, remiten al siglo XVI cristiano con impronta mudéjar, otros, de simple factura acaso corresponden a un periodo andalusí indeterminado. Están tan poco estudiados que cualquier apreciación corre el riesgo de errar. No suelen ser torres exentas aunque alguna hubo, forman parte del cuerpo principal del inmueble, algunos orientados hacia el mar, aunque casi todos con arquerías, los menos con ventanales que recuerdan a ajimeces abiertos a los cuatro puntos cardinales, algunos con techo plano pero casi todos con tejado de teja árabe a cuatro aguas.


No solo cumplían con la función de vigilancia, eran moderadores climáticos, oreaban las viviendas en verano, aprovechaban mejor el calor del sol en invierno y la luminosidad de su interior. Se accedía a ellos por la llamada cámara alta, la del descanso. También formaban parte de ese nuevo gusto por la contemplación, resultado de un arcaico deseo de descanso cercano al ocio y también, como no, muestra del poder de sus propietarios, el sello de presentación de riquezas y ostentaciones. Una competición por mostrar la mayor altura y el mejor remate. Miradores discretos e indiscretos, de prudentes miradas. Desde el altillo todo se ve mejor.



En la ciudad amurallada sobresalían tímidamente por encima de las defensas, como el que se aferra a un alfeizar para asomarse con el temor de ver una amenaza no deseada y es que fue una ciudad castigada y sufrida, desde vikingos a la armada británica pasando por piratas acechantes hasta invasores por tierra y mar.



De los primeros, los más antiguos y simples construidos intramuros, con la bella excepción del que se levanta en las casas de Alonso de Bazán, a los más altos y poderosos del Barrio Alto, los destacados por mi querida profesora María Dolores Aguilar como ejemplo de mudejarismo por los alfices que enmarcaban sus arcos. 



Algunos se perdieron pero tenemos aún, como un tesoro, buenos ejemplos. No es fácil apreciarlos a pie de calle, es conveniente buscar un ángulo preciso. Reclaman un inventario exhaustivo y un marco legislativo que los proteja de la desidia, el desinterés y la falta de respeto por nuestro pasado, renovadas amenazas del siglo XXI.



Si quieres verlos pasea por la calle del Peral y en la esquina con Mesoncillo levanta la cabeza, haz lo mismo por calle Aduar cuando llegues a la esquina de Rafina; dirígete al Santo Cristo y no te pierdas el de la casa Correa y si quieres ver el de la antigua Fonda acércate a calle Bermeja. Vuelve a la Puerta de Ronda, baja hasta el Hospital Bazán, después a la plaza de la Iglesia y termina en la plaza de los Naranjos. Descubre esa otra Marbella.



Ahora sufren otro tipo de amenaza y es por otro tipo de invasión: la de la especulación feroz, la de la reforma sin respeto a su memoria, la de la terciarización sin piedad, lo que conlleva destrozos irreparables. Ya no tienen vistas al mar, el peligro no viene de África, al enemigo no se le ve venir, está entre nosotros.



miércoles, 22 de enero de 2020

LOS ALMIZCATES DEL CASCO ANTIGUO


Almizcate entre calle Buitrago y San Lázaro

Trascribía un documento de principios del XVII cuando una palabra me hizo agudizar la vista. La releí varias veces y en principio entendí almizate pero no era el contexto para un techo de madera labrada. Varias líneas después volvía a aparecer y en esta ocasión no tuve dudas, era almizcate.
La recordaba vagamente pero no sabía exactamente a qué se refería, era la primera vez que, después de tantos años de investigación, supe de su existencia en Marbella. Se mencionaba en una descripción urbana, en un pleito de lindes y propiedades por lo que tuve que rebuscar en diccionarios antiguos y contemporáneos; Covarrubias en su Tesoro de 1611 no lo incluye, el actual DRAE tampoco. Mi curiosidad aumentaba a la par que el vacío de su existencia.



Por fin, en ese espacio infinito de internet, encontré la palabreja y su etimología en un portal chileno del habla hispana que explica que es palabra muy antigua, de origen árabe que se usa en Andalucía Occidental y que se define como un espacio generalmente estrecho que queda entre dos casas que están adosadas y que recorre todo el largo lateral entre ambas casas desde la calle de la fachada hasta la calle posterior. Abunda la explicación en los detalles técnicos: “Muy a menudo el almizcate está abierto como un callejón, permitiendo el paso entre las dos calles, pero algunas veces se cierran con un tabique que solo deja pasar las aguas por una abertura inferior, porque el sentido de los almizcates era antiguamente ese precisamente, dejar colar las aguas de lluvia entre las casas”.


Ya tenía material para trabajar. No es una calle, ni siquiera una calleja, es un espacio de luz, agua y aire entre casas o medianería, tan estrecho que no llega a alcanzar la categoría de calle, casi ninguna tiene nombre, no suelen tener puertas y las ventanas escasean, son los almizcates, tan extinguidos como su nombre que fue borrado del diccionario de la Real Academia en 1992.
Después supe que, además de esos menguados pasillos, en ocasiones se configuraban como patios traseros, más anchos y abiertos. El almizcate toma formas variadas y no estaba sujeto a una fisonomía determinada, más bien a un uso, a una práctica arquitectónica para mejorar la salubridad de las viviendas. En algún glosario de arquitectura se amplía su definición a patio o calle de solo paso para transeúntes entre dos fincas urbanas. Proporciona ventilación y luz a las casas y aposentos adyacentes, además de facilitar atajos para el tránsito de personas y el acceso a instalaciones que requieren atención o mantenimiento.


Los almizcates podían estar abiertos como pequeños pasos, callejones o callejas que no cumplían con el ancho habitual de una calle; cerrados como espacio abierto entre inmuebles o con la muralla de la ciudad, o parcialmente abiertos a modo de adarve. Es difícil identificarlos, el paso del tiempo ha desvirtuado su función aunque algunos pueden adivinarse por las referencias documentales a callejón cerrado, calleja, pasillo del muro o calle angosta sin salida. Todavía queda en Andalucía su recuerdo con la calle del Almizcate en Sanlúcar de Barrameda y otra en Vejer de la Frontera.

Almizcate entre calle Pantaleón y Valdés, actual calle Mariquita Cuevas

En Marbella sobrevive alguno, al menos dos abiertos, el primero el que sirve de paso entre la plaza de la Victoria y la calle Buitrago, el vial más estrecho y anónimo del Casco Antiguo; el segundo el que permite el acceso desde la calle Pantaleón a la de Valdés, al que recientemente se le otorgó el nombre de Mariquita Cuevas, que en los documentos antiguos al no tener nombre se nombraba como la calleja angosta que va a la plazuela que llaman de don Pantaleón (Nazario Marmolejo), aunque también podría ser la que llamaban allá por el XVIII como la calle angosta que llaman de Bracho.
La dificultad de su identificación estriba en que callejas, callejuelas y calles angostas que pudieran ser candidatas a almizcates no son más que calles estrechas de un viario de reminiscencias andalusíes, abundantes en nuestro centro histórico pero no cumplen con la aplicación para la que se creaban los almizcates. No eran lugares para el paso aunque algunos sí cumplían este fin sobre todo de acceso a las puertas falsas, esto es la parte trasera de las viviendas.


Me atraía la posibilidad de encontrar alguno cerrado, perdido en la maraña de inmuebles intramuros, y la única manera de hacerlo era escudriñar una vista aérea con la ilusión de hallar algún almizcate, misión realmente difícil debido a la intensa y generalmente desafortunada renovación del caserío, a la desaparición de su función, su cubrición u ocupación. Y tras un breve vistazo he podido constatar la presencia de muchos, ya sea como almizcate estrecho y largo, ya como patio o patinillo trasero descentrado respecto a la vivienda y colindante a otra. Hay unos cuantos en el antiguo perímetro de las murallas que eran la servidumbre interior que se configuraba como un corredor, libre y desembarazado de edificaciones, que algunas veces se abría en una pequeña plaza, generalmente donde se situaba la escalerilla para acceder al pasillo de ronda y que debido a su demolición quedaron embutidos entre casas. En documentos podemos apreciar que, generalmente, las viviendas le daban la espalda a la muralla.


Donde mayor densidad hay es en el entorno de calle Álamo, Nueva y Valdés quizá la zona más andalusí de nuestra ciudad, donde se aglomeran los inmuebles sin apenas orden, un maravilloso caos con muchas historias por contar.