Retazos de historia de Marbella
publicados en el diario Marbella Express
y otras reflexiones

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Grifos de oro



Fue nuestro cuento de las mil y una noches, con sultanes, palacios de fantasía, odaliscas, serrallos y fulgores dorados. Marbella se ensimismó de exotismo, orientales imágenes que recrearon un mundo de fábula a medio camino entre los paisajes Disney y los misterios de la Alhambra, todo por adaptarnos a un nuevo mercado turístico de jeques y emires de emiratos cuasi desconocidos, príncipes de enriquecidos reinos, del petróleo beneficiados, que buscaron legitimación de su poder, escape y distensión, en este oasis mediterráneo de la nueva España democrática.

A finales de los Setenta el príncipe Fahd de la Arabia, con toda su corte, se alojó en la clínica Incosol. Deseó construirse una residencia veraniega y así se cumplió. De la lámpara maravillosa comenzó a manar en abundancia nunca antes conocida dividendos en forma de petrodólares y el mercado, el inmobiliario y el de servicios, se revolucionó. Todo lo que tocaban se convertía en oro, ya fuera por fulgurantes plusvalías del terreno o por míticas orgías y millonarias propinas que fulanos y menganos se encargaban de propagar hasta convertirlas en leyenda.


Nuestra maquinaria turística, bastante noqueada y degradada, con síntomas de decaída nostalgia, asumió la oportunidad, troqueló los carteles en arábigas grafías y acudió al referente más cercano y admirado, un pasado de andalusíes palacios y otros más lejanos y orientales, con sus motivos más conocidos y sus recreaciones del siglo XIX. Así, lo mismo una piscina de azul clorado remitía al patio de los Arrayanes, que un jardín de verde césped se reconocía por su maravillosa fuente de los Leones. Las casas ascendieron a la categoría palaciega, que es más que una vivienda porque posee nobleza y lujo inalcanzable para el común de los mortales. Se revistieron de espléndidos tejados de verde vidriado, hermosas cúpulas, maravillosos arcos de herradura, delicadas celosías, impresionantes puertas doradas y patios de resplandeciente mármol.

Hasta la toponimia cambió. Aparecieron por doquier edificios, centros comerciales, tiendas y productos con la marca Alhambra, Alcazaba, Azahara, Generalife, Oasis, al Andalus o Zoco. Como ocurre en todas las recreaciones se perdió la originalidad, puesto que la deslocalización desvirtúa y la adaptación a los diferentes estilos confunde. No hubo fijación por uno determinado y lo mismo se mezclaba en confusos revivals el alhambrismo más virtuoso con el preciosista iranio o el creativo yemení. Incluso se abordó la contemporaneidad islámica en abstracciones y esquematizaciones difíciles de explicar. Conjuntos que sustituyeron la íntima vida del hogar musulmán en un fachadismo epatante para ser bien visto y mejor admirado.


Una Milla de Oro, variada en el gusto, desde el más hortera, hasta el más elegante y discreto, que también hubo buenos trabajos, más de los que parecen a primera vista. La moda por lo exótico había llegado desleída y desnaturalizada, pero importaba poco o nada, que de clichés y tópicos sabemos más que nadie, tan acostumbrados estamos a darle la razón al visitante. El cercano oeste de Marbella se urbanizó pronto. Comenzó por El Oasis, continuó por las Lomas del Marbella Club y alcanzó Nueva Andalucía. Fue el entorno más cercano al palacio del monarca y a la mezquita. Villas de ostentosa imagen que incluso llegaron a copar titulares periodísticos como las más caras de España. El fenómeno se extendió y la Costa del Sol sumó esfuerzos y estilos en puertos, hoteles, conjuntos de apartamentos, restaurantes y discotecas. Vayan a Puerto Marina de Benalmádena y comprenderán lo que digo.


Los lejanos por inaccesibles palacios, de inconfesables secretos, fueron menguando en interés según perdíamos cuota de mercado árabe, a la vez que una impronta clásica europea muy manierista comenzaba a asomar como reacción. Un día nos dejó de gustar el árabe y sus arcos de herradura. Comenzamos a aprender ruso en cirílicas grafías.

Andaba en mis menesteres investigadores a finales de los Ochenta, fotografiando casas en busca de respuestas a semejante fenómeno cultural, (que se plasmó en memoria de licenciatura inédita de rimbombante título, “Arquitectura neoárabe contemporánea en la Costa del Sol occidental”), cuando ante una de varios cientos de metros cuadrados a granel, una persona se inclinó ante la ventanilla. Era un trabajador, que preguntó por el motivo de tan extraña presencia con amenazadora cámara en ristre. Creo que no entendió mis explicaciones, porque nunca olvidaré su contestación: “En esta casa no hay grifos de oro”. “Por supuesto”, le contesté ante el cariz del momento, “nunca lo habría imaginado”.


4 comentarios:

  1. Magnífico artículo.

    La arquitectura, por suerte o por desgracia, no puede ser menos que fiel reflejo de su contemporánea sociedad. Unas veces ayuda a tirar del carro del progreso con innovación y emprendimiento, otras a conservar los valores tradicionales, pero desafortunadamente, la mayoría de las veces, se reduce a producir productos comercialmente viables.
    Marbella de eso sabe bastante, y son muchos los cuentos de aladinos, zares y en los últimos años, bandidos y terratenientes, los que se han escrito a costa nuestra.

    Arturo Reque
    Arquitecto

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  2. Yo siempre he pensado que la re-reconquista había comenzado, pero esta vez sin ruido de sables sino a lomos de billetes.
    Magnifico tu artículo de hoy.
    Saludos
    Tico

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  3. Jeje, la requeteconquista. Pues a punto estuvieron, entonces no hacía falta que la Junta dijera que había que estudiar árabe, las academias estaban llenas.

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